La marca registrada del “Tuta”
Wilson Fre: pura integridad y amor al fútbol
Si hay algo entre las tantas cualidades que caracterizan a Wilson Free es su puntualidad.
Llegó como estaba acordado a la cita en la plaza de armas de La Serenay, rápidamente, comenzó a recordar. Algo así como una especie de agradecimiento por el apoyo que le brindaron sus padres, su tía Helena, Rigoberto Maluenda, Gregorio Vilches, José Sulantay o Eugenio Horta, claves en su formación como persona y luego, futbolista profesional.
El recuerdo de sus primeros días yendo y viniendo a La Serena por allá por 1983 cuando salía de su casa hasta cuatro horas antes y llegaba temprano a la ciudad, solo, y hacía hora sentado justamente en uno de esos mismos escaños de la plaza.
Ya sea “a dedo” o aprovechando a alguien que lo llevara recorría todos los días más de 40 kilómetros desde la localidad rural de El Peñón, cerca de Andacollo, para llegar al entrenamiento de cadetes en el pasto de La Portada.
Se levantaba al alba, a veces cansado. Abrazó el viento sentado atrás en el pickup de una camioneta y no tenía dónde quedarse. Pero no importaba eso ni tampoco que, al caer la tarde, tuviera que comerse un panorama igual a la vuelta, porque estaba decidido a cumplir su sueño de ser futbolista, mientras pateaba una botella plástica como balón, con los pies polvorientos en la cancha del pueblo y a la sombra refrescante de algún pimiento para capear el sol.
Así fue el comienzo de Wilson Fre Durán, el recordado delantero y goleador del Ascenso en cuya carrera registró 130 anotaciones -aunque como siempre muchas más quedaron fuera del recuento oficial-, las cuales inició con modestos zapatos prestados por su amigo, Eduardo Donoso. Gastados y ya con poca suela por el uso.
Pero no se complicaba. Tampoco cuando en una ocasión acortó camino de regreso en una carreta hasta La Cantera, porque le era indiferente toda incomodidad que asomara. Así era él, para tener idea de por qué se convirtió en un jugador insigne y el tipo buena persona que es. “Hice de todo para estar. Tenía que facilitar a mis padres lo que quería hacer”, dice.
Es la marca registrada detrás de su historia de éxito, construida desde el esfuerzo, el sudor, la dedicación y voluntad para perseverar, tal como al seguir corriendo pese al dolor de los hachazos que lo molían al pasar. Disciplina y valores que traspasó a ese particular mundo que dibujaban las líneas de cal cuando tímidamente entró a la cancha en 1984 al subir como sparring del primer equipo donde, a punta de duros retos y patadas de los experimentados –como era costumbre-, afinó su talento innato.
“Era tenso cuando se hacía fútbol. La pelota tenía que ir al pie. Si iba pasada, me mandaban a freír monos”, comenta entre risas, admitiendo que ese trato áspero, así como los partidos preliminares en la serie juvenil previos a los del cuadro adulto, fueron importantes para crecer.
Los comienzos
Así afloró un gran sentido táctico, cambios de ritmo explosivos y un finiquito que sacudió redes en todo el país desde su debut profesional en 1985 en El Salvador. La noche anterior, confiesa, no durmió por los nervios, pero lo olvidó con el cuarto de hora en cancha que tuvo, ignorando incluso el ahogo por la altura.
“Estaba a un paso de mi sueño. Los grandes me prestaron zapatos esa vez. Jugué 15 minutos y fue como haber jugado los 90”, cuenta con su eterno buen humor, agregando que tras recibir su primera ayuda económica del club, la gastó para tener por fin botines propios. “Quedé pato. Los cuidé y tuve por harto tiempo, porque tampoco tenía más”, dijo.
Con ellos evadió piernas rivales y se consolidó el año 1987 como campeón junto a inolvidables como José Paredes, Alberto Valenzuela, Gastón Cid y el "Pititore", uno de sus grandes amigos.
Ya había agarrado vuelo con la misma velocidad que caracterizaba su juego y estaba por sobre decenas de futbolistas con mayor vitrina, razón que llevó a la "U" a fijarse en él. Pero una lesión y la inesperada negativa del nuevo DT, lo mantuvieron en suelo serenense durante la temporada 88-89 cuando La Serena clasificó a la Liguilla de Copa Libertadores, la etapa más brillante del papayero en Primera, con Oscar Wirth, Pato Reyes, Letelier, Beto Sierra y Gustavo de Luca, millonario plantel encabezado por Quintano y luego por Luis Santibáñez.
“Entrené aparte y ya recuperado me integran a ese equipazo. Como creí que no tendría opciones de jugar hablé en el club para irme y me dicen 'no, don Lucho te quiere acá'", relata, manteniendo aún en la voz la sorpresa de aquel momento que lo tomó como debía ser: “no me quedé pegado y dije que si un técnico que fue mundialista me quiere, es por algo”.
Se preparó con todo, porque sus jornadas seguían después del silbato final del profe. Mientras los demás iban a las duchas, él continuaba con remates y definiciones ante el tercer arquero quien, más un par de jóvenes que eran banca, lo apañaban en su ambición deportiva de ser mejor, porque estaba fuera de su órbita cualquier diversión excesiva o conductas que lo alejaran de ese objetivo.
“Al primer partido no fui citado, pero en el segundo entré y marqué el tercer gol. De ahí, no salí más. Anduve muy bien. Fue un orgullo haber integrado ese equipo, porque jugar ahí era muy difícil”, cuenta, recordando entre medio una anécdota de esa época. “Estaba Pablo Ruíz en el hotel donde concentrábamos acá, y estaba lleno de fans afuera. Santibáñez va a la habitación y me dice 'vístete de Pablo Ruíz', Letelier me pasó la chaqueta de un ambo y yo asomaba la mano por la ventana saludando y quedaba la gritadera, porque creían que era el cantante, y don Lucho muerto de la risa”, desclasifica con su alegría de siempre.
Primera salida a Lozapenco
En 1990 pasa a Lozapenco y regresa el ’96 con Gustavo Huerta como DT, cuando volvió a salir campeón con Waldemar Méndez, Luis Carlos Robles, Rubén Martínez y Pancho Pinto, por nombrar algunos. “Fue devolverle el cariño a todo el que me abrió las puertas”, afirma sobre esos títulos.
Supo manejar la popularidad y hoy sigue recibiendo el afecto de los serenenses que lo aplaudieron en el estadio o detrás de una radio a pilas. “Siempre sentí el cariño. Quizá la gente se identificaba por el esfuerzo. Los entrenamientos eran con público y al final entraban por un autógrafo, una camiseta o para conversar. Eso marcó mucho cuando tuvimos logros, porque nos conocían. Íbamos al centro en grupo después de entrenar, a 'banderearnos' como decíamos. El vínculo era distinto. Hoy todo es frío”, reflexiona, agregando que en su caso, además hubo otro factor. “almorzaba con otros juveniles y con todos los trabajadores en la CCU, que hacía la bebida Free que muchos pensaban era mía”.
Cobresal y Arica fueron sus nuevas estaciones y cerró en Linares a fines de 2000. “Mi ilusión era retirarme acá y me vine por si se daba la opción. Pasó la pretemporada y no llegaron los delanteros que esperaban, pero cuando iban a contratarme, llegaron”, explica.
Ahí fue cuando llegó la decisión. “No busqué más. Venía preparándome, no quería que el retiro me afectara. Quería estabilidad. Hablé con mi esposa y sabíamos que la vida iba a cambiar. A mitad de temporada me llaman del club, porque no anduvieron los refuerzos, pero no podía volver, al final iba a sufrir”, aclara, reconociendo que hoy, a 26 años de haber dejado el fútbol, lo emociona que la gente lo recuerde.
“Es lindo. Uno no debe olvidar de dónde viene. Agradezco que me quieran como jugador, pero también que me recuerden como persona, el vecino, el amigo”, señala el “Tuta”, cuyo apodo surgió en su infancia.
“Siempre andaba corriendo y cuando me caía, decía 'tuta me caí', porque era chico y no me salía el garabato. De ahí todos me dicen así. Me conocen más por 'Tuta' que como Wilson”, dice riendo el hoy DT, comentarista de radio, profesor de fútbol del Colegio Marista de Las Compañías y amante de su ciudad.
“Me gusta el campo, vivo en Tambillos, pero esta ciudad siempre ha sido linda. Donde voy uno se siente orgulloso; soy de La Serena”, dice con gran orgullo.