A 30 años de su retiro del profesionalismo

De Luca: el cabeceador implacable que enamoró a la hinchada granate

El artillero de los goles imposibles revive hoy su paso por CD La Serena a fines de los ’80, manteniéndose vivo el recuerdo de aquellos testazos inatajables con los que el ex ariete argentino marcó época en La Portada y en las canchas del país.
Treinta años después, Carlos Gustavo De Luca sigue vivo en la memoria del fútbol serenense y de esos hinchas que saltaban de sus asientos para festejar los tantos del atacante trasandino.
Treinta años después, Carlos Gustavo De Luca sigue vivo en la memoria del fútbol serenense y de esos hinchas que saltaban de sus asientos para festejar los tantos del atacante trasandino.

Estaba en Calama, en aquel Cobreloa que era un grande del campeonato local pero que no anduvo esa temporada, cuando recibió el llamado de Lowry Bullemore, entonces presidente de Deportes La Serena y alcalde de la ciudad, para invitarlo a integrar el recién ascendido plantel del norte chico. Fue una apuesta que Carlos Gustavo de Luca analizó bien antes de tomarla y decidió partir a un club lleno de ilusiones y de triunfos. Y no se equivocó en ese paso, fue el goleador exclusivo de ese torneo de 1988 con 18 anotaciones y parte fundamental del equipo de lujo que el ‘89 disputó la Liguilla para Copa Libertadores, sellando una historia inolvidable en los pastos del estadio La Portada y en su hinchada que después lo despidió con cariño a mediados del´90 cuando emigró a Suiza, tras jugar 109 partidos y anotar 62 goles para los papayeros.

A 30 años de su retiro profesional, el municipio lo contactó como parte de la serie de entrevistas a ex jugadores que defendieron esta camiseta repasando sus dos años en la capital regional. “Sabía de La Serena, pero no la conocía en ese momento. Pasé del desierto a estar frente a la playa, viví ahí, la Avenida del Mar era hermosa”, rememora el entrañable “pelado” desde su natal Buenos Aires, donde se dedica al rubro inmobiliario, ya lejos del aplauso y de aquellos innumerables goles de cabeza que fueron la carta de presentación que lo encumbró a la cima del balompié nacional. “Practicaba en los entrenamientos, pero también había mucho de habilidad natural para cabecear. Además, tenía buena estatura, 1.85, y saltaba bien, lo que me daba un plus. Recuerdo mucho un gol a Coquimbo en el último minuto que nos dio el triunfo en un clásico, y otro partido donde ganamos dos a uno a Colo Colo en el Nacional donde le convertí los dos goles a Morón”, afirma el crack, que hoy luce calvo y sin su característico bigote.

Así recuerda esa época. “La llegada de Santibáñez revolucionó la ciudad, la gente nos veía en la calle porque estábamos cerca de ellos, siempre nos apoyó, y el estadio siempre estuvo lleno ese campeonato. Le dimos grandes alegrías”, indica el ex ariete, quien se había recibido de técnico para ejercer en Chile, pero el destino lo mantuvo en su tierra. Aquella que, en sus inicios en las inferiores de River Plate, lo reclutó para hacer el Servicio Militar Obligatorio -igual pudo salir a algunos partidos- y al año siguiente, en 1982, para ir a Malvinas con toda la incertidumbre que significaba. “Estuve los 72 días de la guerra y el fútbol me salvó después. Tenía el sueño de ser jugador de fútbol y después de Malvinas eso no se truncó e hice todo para conseguirlo. Fue un esfuerzo muy grande, pero fui fuerte, tuve la compañía de mis padres, y lo pude superar”, señala con la seguridad del que ha cerrado una herida, aclarando que nunca le molestó la analogía que hacían algunos medios o relatores como “artillero del área” con su etapa de combatiente en el conflicto.

“Hubo muchos títulos que pusieron, como “bombardero de Malvinas”, pero no me incomodaba, porque era otro contexto. Al principio hubo una rivalidad entre Argentina y Chile porque Chile apoyó a Inglaterra, y algunos me gritaron sobre eso, pero era poca la gente que pensaba así. Fueron los políticos que decidieron las cosas y no la gente, nunca me la tomé con la gente”, dice con sabiduría De Luca, para quien la pelota se convirtió en símbolo de resiliencia para que su mente encontrara paz y convivir con el dolor de aquella dura etapa en medio de las trincheras, del viento, la lluvia, el barro y el frío. “Al volver tuve una lesión en la rodilla y quedé libre de River”, detalla, mencionando los otros equipos que desde ahí defendió en Argentina antes de arribar a nuestro país un año antes de concretar su traspaso a La Serena.   

A sus 64 años no extraña el fútbol. “Ojalá durara toda la vida, pero es imposible. Son ciclos, llegué a ser futbolista profesional, logré más de lo que tenía pensado, jugué acá, salí campeón y goleador en Chile, jugué Copa Libertadores, salí goleador en Suiza, me retiré casi a los 35 años, entonces cumplí mi meta. Me quedo con eso”, sentencia desde el otro lado de la cordillera, desde donde agradece a la gente de todos los equipos en que estuvo el enorme afecto que le tienen.

“El cariño es recíproco. Me recibieron muy bien y por suerte les pude dar goles que era lo que sabía hacer. Me dieron todo y les di todo lo que tenía. Creo que dejé una buena imagen como jugador y como persona”, reflexiona Gustavo, que en total hizo 261 goles durante su carrera en este que es llamado el deporte más hermoso del mundo que le permitió venir a La Serena y quizá le permita volver. “No volví, hace un par de años tuve la posibilidad y justo me operé de una rodilla, pero no faltará la ocasión.

“Lo que hace el municipio al recordar a los jugadores importantes que tuvo me parece un reconocimiento a los muchachos que se brindaron por la camiseta”, comenta, precisando que permanece atento a la suerte del granate en el torneo. “Sigo a Serena y está complicado, ojalá pueda zafar. En mi época vinieron jugadores importantes, no entiendo por qué ahora que hay más recursos no se puede. Decirle a la gente que siga apoyando, aunque no le den las mejores sensaciones hoy. Agradezco a los que se acuerdan de mí y el apoyo que me dieron recién llegado. Le mando un abrazo grande a toda la gente de Serena”.

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