Mayor estándar en futuras obras sería clave
Temporal abre debate sobre una reconstrucción más resiliente en Limarí
Por Estefanía González
La magnitud del último temporal en la provincia del Limarí no solo quedó reflejada en las inundaciones, desbordes de quebradas y daños registrados en distintos sectores, sino también en una extensa afectación de la infraestructura vial.
De acuerdo con el levantamiento realizado por el Ministerio de Obras Públicas (MOP), cerca de un centenar de caminos y rutas presentaron algún tipo de daño, contabilizándose alrededor de 140 puntos afectados.
El seremi de Obras Públicas, Cristian Smitmans, explicó que los daños presentan distintos niveles de gravedad, desde situaciones que pudieron resolverse mediante el despeje de las vías hasta afectaciones mayores en estructuras como puentes.
“En la provincia de Limarí tuvimos una afectación muy importante producto del temporal. Nuestro levantamiento identifica del orden de 140 puntos afectados en cerca de 100 caminos o rutas, con distintos niveles de daño, desde rodados y bajadas de quebradas hasta socavaciones, daños en badenes y afectaciones mayores en puentes”, detalló.
Ante este escenario, la primera prioridad de la cartera ha sido restablecer la conectividad de las localidades afectadas. Según Smitmans, actualmente más de 120 de los puntos identificados se encuentran operativos o parcialmente operativos, gracias a habilitaciones de emergencia, trabajos de conservación, despeje de rutas, construcción de bypass y recuperaciones provisorias.
Entre las rutas que continúan concentrando trabajos se encuentran la D-595 hacia Río Hurtado; la D-597, que conecta Monte Patria, Carén y Tulahuén; la D-599 hacia Palos Quemados; y la D-605 entre Ovalle, Punitaqui y Combarbalá, además de otros puntos de la red vial provincial.
Sin embargo, desde el MOP advierten que recuperar el tránsito no necesariamente significa que la infraestructura haya vuelto a su condición anterior.
“Tenemos claro que una cosa es habilitar rápidamente una ruta y otra es entregar una solución definitiva”, sostuvo Smitmans, quien adelantó que existen sectores donde la emergencia dejó en evidencia la necesidad de avanzar hacia obras de mayor estándar.
Entre ellos mencionó los badenes de La Placa y El Ingenio, donde se deberán evaluar soluciones de largo plazo que permitan aumentar la resiliencia de estas estructuras y disminuir su vulnerabilidad frente a nuevos eventos de similares características.
Una situación particular se registra además en Punitaqui, donde el objetivo es avanzar en el proyecto de un puente que permita entregar una solución de conectividad de mayor estándar y permanencia.
Para el seremi, el desafío no termina con la recuperación de las rutas dañadas. “El desafío de largo plazo no es solamente reconstruir lo que se dañó, sino avanzar hacia una red vial más resiliente y mejor preparada para enfrentar futuros eventos climáticos”, afirmó.
Repensar el territorio
La discusión sobre cómo enfrentar la reconstrucción tras el temporal va más allá de la infraestructura vial. Para Alejandro Orellana, arquitecto, académico de la Universidad de La Serena y director de su Departamento de Arquitectura, el fenómeno debe ser entendido también como una oportunidad para generar conocimiento actualizado sobre el comportamiento del territorio.
El profesional plantea que los episodios de sequía y lluvias intensas forman parte de los ciclos históricos de la zona, aunque la intensidad de los eventos puede estar cambiando.
“Este es un fenómeno que no es nuevo. Hay relatos de hace siglos que hablaban de las sequías extensas y luego de temporales intensos. Ya lo hemos vivido también en tiempos cercanos, aunque probablemente un temporal tan fuerte como el que vivimos no lo habíamos experimentado desde el año 84”, señaló.
A su juicio, uno de los principales problemas es que no existe un conocimiento suficientemente sistematizado y actualizado respecto de cómo responde el territorio frente a precipitaciones de alta intensidad.
Por ello, considera que el desastre socio-natural experimentado debe abrir una etapa de estudio que permita conocer con mayor precisión el comportamiento de quebradas, cauces y sectores habitados.
“Lo que necesitamos es conocimiento actualizado y más preciso respecto de cómo se comporta el territorio cuando hay lluvias de alta intensidad”, indicó.
Orellana advierte además que los ciclos podrían adquirir una mayor intensidad producto de las transformaciones climáticas globales, con precipitaciones más concentradas y eventualmente más recurrentes. Esto, plantea, obliga a revisar no solo las obras de infraestructura, sino también la manera en que se ocupa el territorio.
En ese sentido, pone especial atención en el crecimiento de sectores rurales y la proliferación de parcelas de agrado, donde muchas veces la construcción se realiza sin contar con información suficiente sobre los riesgos naturales del lugar.
“Las personas construyen donde les parece que está bien o pueden, pero sin entender que, aunque por ahí no ha pasado agua en varias décadas, puede llegar el momento en que cae un temporal lo suficientemente fuerte como para activar la quebrada y se produce un aluvión”, explicó.
De la emergencia a la planificación
Para el académico, el principal desafío que queda después de la emergencia es evitar que la reconstrucción se limite a recuperar exactamente las condiciones existentes antes del temporal.
A su juicio, volver a construir de la misma manera puede significar reproducir las condiciones de vulnerabilidad que ya existían.
“Yo creo que es importante considerar ahora no un periodo solo de reconstrucción, sino que debiera ser de reordenamiento territorial”, planteó.
La idea, explica, no implica desconocer la urgencia de recuperar viviendas, caminos, puentes y servicios, sino aprovechar este proceso para incorporar el conocimiento generado por la emergencia y modificar aquello que demostró ser vulnerable.
“Uno quiere retomar su vida normal y volver a lo bien que estaba antes. Pero en realidad no estaba bien, porque estaba vulnerable a eventos climáticos”, expresó, añadiendo que lo ideal es “repensar la manera en que estamos habitando este territorio y actualizar ese conocimiento para tomar las medidas para que no vuelva a ocurrir un desastre como el que ocurrió. Lo que toca ahora, no es solo reconstruir, sino que repensar y reordenar el territorio”, concluyó Orellana.