MEMORIA ANCESTRAL
La huella indígena que sobrevive en los nombres de las localidades del Limarí
Por: Martha Hecherdorsf
Sotaquí, Huamalata, Pichasca y Punitaqui son algunos de los nombres que forman parte del lenguaje cotidiano en la provincia del Limarí, pero detrás de ellos existe una historia vinculada a los pueblos originarios y a los distintos procesos de ocupación que marcaron al territorio antes y después de la llegada española.
La toponimia, disciplina que estudia el origen y significado de los nombres de lugares, permite acercarse a esa memoria. Sin embargo, especialistas advierten que no siempre es posible establecer con certeza de qué lengua proviene cada palabra ni cuál era su significado original.
Camila Flores Galleguillos, antropóloga y académica de la Universidad Central, explicó que para comprender estos nombres es necesario relacionar la toponimia con la memoria territorial y la historia de los pueblos originarios.
“Se necesita una relación entre los nombres de los lugares, que tiene que ver con la toponimia, la memoria territorial y, por otro lado, la historia de los pueblos originarios”, señaló.
La académica indicó que la arqueología ha permitido identificar distintas expresiones culturales en el Norte Chico, entre ellas, Molle, Las Ánimas y Diaguita. Sin embargo, advierte que esas denominaciones corresponden a categorías utilizadas por la investigación arqueológica a partir de los restos materiales encontrados y que no permiten establecer automáticamente qué lengua hablaban quienes habitaron cada territorio.
A ello se suma la expansión incaica previa a la llegada de los españoles, proceso que produjo contactos y desplazamientos de población. Por esta razón, Flores plantea que atribuir un topónimo de manera directa a una lengua determinada puede resultar complejo.
Sotaquí y Huamalata
Entre los casos donde existe una relación histórica más clara aparecen Sotaquí y Huamalata. Flores señala que ambas localidades fueron registradas durante el periodo colonial como "pueblos de indios", es decir, asentamientos donde se concentró población indígena bajo las estructuras impuestas por la administración española.
Para la antropóloga, la continuidad de esos asentamientos permite entender por qué determinadas denominaciones pudieron mantenerse durante siglos. “El territorio seguramente se llamó de una forma en su época, como en este caso Sotaquí y Huamalata, y por supuesto mantuvo el nombre hasta el día de hoy”, explicó.
No obstante, aclara que ese antecedente histórico no permite determinar por sí solo qué significa cada palabra ni de qué lengua específica proviene. Para ello, sostiene, serían necesarios estudios lingüísticos y etnohistóricos más especializados.
Nombres que cambian y permanecen
Marcos López, divulgador histórico y estudioso de la toponimia regional, coincide en que reconstruir el origen de estos nombres requiere comparar distintas fuentes y observar cómo fueron registrados a través del tiempo.
“Como es tan difícil, yo pienso que siempre es bueno comparar las distintas teorías que existen”, comentó.
Según explicó, muchos topónimos fueron modificándose en su escritura o pronunciación a lo largo de los años, por lo que revisar documentos antiguos resulta clave para aproximarse a sus formas más tempranas.
En sus recopilaciones aparecen nombres que todavía están presentes en la geografía regional, como Chalinga, Cogotí, Rapel, El Palqui, Sotaquí y Punitaqui. Para López, más allá de encontrar una traducción inmediata, su permanencia constituye una evidencia del valor histórico que conservan estas denominaciones.
La misma dificultad aparece en localidades como Pichasca y Punitaqui, cuyos nombres han sido asociados a distintas interpretaciones a través del tiempo. Precisamente por esa diversidad de versiones, los entrevistados plantean la necesidad de evitar explicaciones únicas cuando no existe suficiente respaldo lingüístico o documental.
Memoria del territorio
Para López, la importancia de la toponimia también está relacionada con la posibilidad de que nombres antiguos desaparezcan o sean reemplazados. A su juicio, cuando una denominación deja de utilizarse también puede perderse una parte de la historia y el reconocimiento asociado a ese lugar.
Flores plantea una mirada similar desde la antropología. Aunque no siempre sea posible reconstruir por completo el origen de una palabra, considera que conservar estos nombres permite mantener parte de la memoria histórica de los territorios.
“No necesariamente podemos tener una explicación tan clara respecto de todo, porque a veces eso no se puede lograr, pero sí hay un deber de mantener ese legado, de mantener esto vivo”, señaló.
De esta manera, nombres como Sotaquí, Huamalata, Pichasca o Punitaqui no solo identifican localidades del Limarí. También forman parte de una historia construida durante siglos por las distintas poblaciones que habitaron estos valles, desde aquellas vinculadas arqueológicamente a Los Molle y Las Ánimas, hasta el desarrollo de la cultura Diaguita y la posterior influencia incaica antes de la llegada española.
Aunque el origen preciso de muchas de estas palabras continúe abierto a nuevas investigaciones, su permanencia permite reconocer que la presencia indígena en el Limarí no quedó únicamente registrada en restos arqueológicos, petroglifos o cerámicas. También sobrevivió en la forma de nombrar el territorio, en palabras que atravesaron el periodo colonial y que sus habitantes continúan utilizando hasta hoy.