El vicio de fumar en los adolescentes
Con Miguel, el archirreconocido personaje de la campaña anticigarrillo, dictó una charla a estudiantes de un colegio del sector céntrico de La Serena. Su exposición, centrada en los 20 años de adicción al cigarrillo y las consecuencias que tuvo este hábito para su salud, como son la evidente pérdida de su laringe, conmovió a Fernanda y Javiera, dos amigas pertenecientes a Cuarto Medio. A pesar de que se juramentaron para no volver a fumar, apenas salieron de su liceo, encendieron un cigarrillo.
El fumar es un vicio instalado entre los adolescentes de La Serena. Basta dar un paseo por la Plaza de Armas de la ciudad, para comprobar cómo en grupos o en solitario, adolescentes, muchos de ellos en ropa de colegio, se fuman un cigarrillo mientras conversan. Algunos se acompañan con el reggaetón o una balada que sale desde un celular.
Fernanda y Javiera, 17 años, de cuarto medio de un céntrico liceo, se reúnen diariamente con otras dos amigas en la plaza, Daniela y Aylin. Dicen que es prácticamente un ritual de todos los días ir a almorzar y luego prender un Lucky.
Fernanda reconoce que “al principio fumaba de mona, pero después me quedó gustando”. Cuenta que su primer cigarrillo fue invitado por una persona especial: su mamá. “Estábamos caminando en la playa. Conversábamos, cuando ella me dice: ¿Querí? y yo dije sí, y fumé”.
Aylin indica que entre los 15 y los 17 años se empieza a fomentar el hábito del cigarro entre los jóvenes. “Sucede que ahora todos fuman y cuando estás en grupo, te dan ganas y después sigues fumando por tu cuenta, hasta que te queda gustando”. “Antes uno quedaba como el “pavo” si no fumaba, pero ahora no es así, nadie te presiona”, añade.
Ella estima que el cigarrillo “te ayuda a relajarte”. Dice que fuma en grupo, pero también sola, en la plaza o en el patio de su casa. Reconoce que sus padres saben de su hábito, pero no aprueban su conducta. “Una cosa es que sepan y otra, muy distinta, es que te dejen. A mí siempre me dicen ¡Ya llegaste pasada a cigarro!”.
El grupo de amigas dice que antes, cuando tenían menos edad, trataban de disimular que habían fumado, “Te echabai un perfume o su pastillita, pero ahora no, ya no hay vuelta”, afirman, riendo todas.
Silvana: “Es un vicio. Fumo diez cigarros al día”
A pesar de que todas las adolescentes con quienes hablamos, dijeron abiertamente que sus padres sabían que fumaban, todos lo ocultaban de cierta manera. Silvana, de 17 años, reconoce que empezó a fumar a los trece años. “No tuve motivación alguna, pero lo probé por una amiga un día cualquiera”. Cuenta que “al principio no sabía fumar (no aspiraba) y era de mona, pero a los catorce años ya sabía fumar y no paré más”.
Asegura que en la actualidad el acto de fumar “es un vicio, es algo que hago con normalidad, en la mañana, en la noche, a la hora que sea. No tengo un horario concreto, después de almuerzo, antes de levantarme, en el colegio”.
“Mis padres saben que fumo, los dos saben, pero no me lo permiten, pero siempre me dicen ‘te pillo con un cigarro y te lo apago’ o me retan”.
Afirma que en un día de colegio, se fuma diez cigarrillos y consultada sobre el fin de semana, dice que “no podría decir una cifra porque es uno detrás de otro. Se me acaba uno y prendo otro”. ¿Una cajetilla? “Yo diría que mucho más”.
Belén: “Empecé a los once años”
Belen en la actualidad tiene 16 años y cursa segundo medio en lo que ella misma describe como “un colegio cristiano”. Su caso grafica la temprana edad a la cual comienzan a fumar las adolescentes en la zona. “Empecé a fumar a los once. Yo tenía la curiosidad de saber cómo era cuando estaba en octavo año básico y una amiga mayor (17 años) me convidó. Me dieron a probar para que saliera de la duda. Yo sé que no tenían mala intención porque, me dijeron, era preferible que ellas me convidaran a que un extraño lo hiciera. Ellas me enseñaron cómo se fumaba”.
Agrega que en los años posteriores, “agarré la mala costumbre de fumar más y más, pero mis papás no me dejaban y mi mamá me decía que si me veía fumando me lo iba a apagar”.
La adolescente agrega que “trabajaba en cualquier cosa para comprarme mis cosas y cigarrillos en ese tiempo (cuando tenía 13), ya que no estudiaba porque me retiraron del colegio porque tenía depresión”, relata mientras vuelve a prender otro. “No sé si es un efecto del mismo cigarrillo o es sólo sugestión, pero al fumar uno siente que procesa las ideas con más calma, siento que me relaja”.
Advierte que en su colegio “cristiano” no hacen campañas para combatir el vicio, porque, dice, “prefieren ocultar el tema, es un tabú, igual que la marihuana, a pesar de que en mi curso, de casi 30 compañeros, siete fuman”.