El club de barrio: un amor incondicional
Cuentan los viejos, desde que el fútbol es fútbol, que la historia de la mayoría de los equipos de barrio es aquella que imagina cualquiera. Esa que convierte –dicen-, en muchos casos, el fútbol en magia, en un sueño. Porque el club, “mi club”, es el orgullo de todos. No hay nadie que quede indiferente a la historia de su club, ya que sus miembros, de antes y ahora, forjan diariamente fuertes sentimientos de pertenencia a una camiseta, a una insignia.
Mucha juventud
Acá no existe comerciante, vendedor o jubilado – y también profesional- que no tenga relación con el club, porque desde un comienzo está identificado con él. Ya sea como jugador o porque perteneció y aún pertenece a él en alguna de sus facetas como la del socio cooperador, por ejemplo, que se esmera para mantener vivo la historia luchando día a día para que las nuevas generaciones se sumen.
“En el equipo nuestro lo que más tenemos es la juventud, ya que socios antiguos van quedando muy pocos. Tenemos mucha gente joven que viene a la cancha, juega y lo pasa bien, pues los más viejos se están muriendo”, relata el dirigente del Fedenort de San Juan, Fernando Muñoz.
“Hoy cuesta que la juventud entre. Está muy reacia a participar, no como en la época nuestra, donde se participaba desde infantiles. Pero de todos modos tenemos jóvenes que están con uno, que van a la sede y lo pasan bien”, agrega Manuel Rodríguez, el “Chino”, de 70 años, quien muere por su club, el Unión Coll de la población La Antena.
Explica Rodríguez que sólo se conocen en otro lado cuando hay gloria y fama. Y también cundo existe una desgracia. Pero, pese a todo, prefieren ésta gloria, la de cada miércoles o fin de semana. Porque saben muy bien y no dudan, que quizás Ricardo Huerta, en la categoría 45 años, juegue mejor que Alexis Sánchez o que el Francisco Herrera tenga más pachorra que Gary Medel y Arturo Vidal. Porque muchas veces se sienten más identificados con su historia que con la de quienes triunfaron. Aquella otra que quede para el resto…

Los chicos aprovechan cada minuto que les dan para ingresar a la cancha y jugar con ser un crack.
“Es verdad que acá se quiere más al club de barrio que al profesional, y se da principalmente porque uno se crió acá, jugó desde chico por el club. El cariño que uno le tiene al club es enorme”, señala Francisco Herrera, antes de tener una noche de fama.
“Uno se arraiga con el club. Muchas veces lo es todo, más cuando se pierde. La tristeza es enorme. Uno llega molesto a la casa y quiere que pase luego la semana para volver a la cancha y hacer todo lo posible para ganar. Y si se pierde nuevamente, lo mismo. Una semana más enojado y preguntándose qué pasó que se volvió a caer. Pero si gana existe alegría, satisfacción. Es lo más lindo cuando gana tu club y más si es un torneo”, apunta Rene Hidalgo, timonel del Justo Donoso, club que se luce en la Asociación La Pampa.

En las canchas de La Pampilla también se juega y guapea. En la foto, los equipos el Luis Ayala y Unión Farolito.
Comenta que “acá las personas que abrazan este deporte lo hacen con mucho cariño y dedicación. El hincha fiel es del fútbol amateur, del fútbol de barrio, por eso mucha gente anónima y desinteresada copera con el club”.
En busca del triunfo
El reloj indica las 18:30 horas y los jugadores del Unión Coll comienzan a llegar al Parque Coll de La Serena. Lo hacen en bicicletas, autos y hasta caminando. Y ha sido así desde siempre. Desde que se forjó el club, a puro esfuerzo, hace 67 años en la población La Antena.
Algunos con su mochila y presumiendo del mejor zapato. Otros con las manos en el bolsillo y su mochila donde llevan lo preciso, sabiendo que siempre un dirigente buena onda, pero también precavido, llega con más de un zapato para facilitarlo.
Y el que llegó sobre la hora deberá conformarse con cualquier zapato. El más feo y un número más grande.

El hombre que pone las mallas es fundamental. Sin él el partido es una "pichanga".
Es de noche y las luces de alguno de los autos a un costado de la cancha iluminan el sector. Como para no quedar en menos se encienden las dos torres de iluminación donde el cuidador, sonriente, presume del buen estado en que se encuentran las dos canchas de pasto. Y con ello también hace ingreso el hombre de las mallas. Pero no el titular. El de siempre se enfermó “y me llamaron a mí para hacerlo por unas lucas”, cuenta el “Flaco” antes de poner las redes en una ceremonia que no duró más de cinco minutos.
La hinchada, por ser de noche y día de semana, no llegó. Alentarán sólo los jugadores que están al cambio, el técnico y el infaltable hincha cooperador. Pero los que se animaron a llegar están seguros que presenciarán una jornada alegre. Quizás con goles, muchos y bonitos, pero también emociones, alguna que otra jugada mágica y buenas individualidades.
Dicen que si el partido se juega el fin de semana, un sábado, por ejemplo, los primeros en llegar serían los hinchas. O el jugador de Cuarta o Tercerita serie, “los más malos”, gritan desde el camarín, oculto entre la oscuridad y de la neblina que comienza a bajar de manera inesperada. Pero también llegan las mujeres a alentar cuando el partido es un fin de semana. ¡Más si es domingo! No hay nada qué hacer en la casa. Mejor ir a la cancha. También cuando el día está bonito llega un enjambre de niños, ávidos de jugar y pasarlo bien. Aprovechan cada minuto para “pichanguear” y soñar.
Por un momento son Messi, son Vidal…
Faltan algunos minutos para el inicio del partido y en el Unión están todos. El Huerta, el Roberto Martínez, el Francisco y también él, el DT: José Pepe Rojas.
El DT los llama para equiparse, pues queda poco para el inicio del partido. Cada jugador está en su posición y busca su camiseta, la que le encomendó el técnico en una charla previa, como si estuvieran en el mejor camarín del mejor estadio del mundo. Se visten en cualquier lugar. Donde estimen conveniente.

Cada fin de semana los hinchas, en cualquier cancha, alientan con fuerza a su equipo.
Algunos lo hacen con lentitud, conversando como si estuvieran en el living de sus casas. Tirando la talla. Se ven felices.
Otros lo hacen más rápido para ganar tiempo y soltar las piernas un par de minutos antes de que ingrese el árbitro, un robusto sujeto vestido completamente de negro y que se convertirá, dependiendo de la situación, en una celebridad o ícono inspirador del odio.
Pero el espectáculo se vive no sólo en la cancha. También fuera de ella, donde familias completas se reúnen para ver los partidos, la mayoría de las veces preparando cosas para comer y así poder reunir fondos para el mismo club o para un socio que lo requiera, que esté con alguna dificultad económica o lesionado. Todos comparten una tarde de fútbol, barrio y familia.
“Nosotros nos financiamos gracias a las cooperaciones de otros socios. Tenemos activos como 200 que cooperan con lo que se pueda. También existe un socio que es nuestro mecenas (ríe). Cuando hay aniversario él pone el local con orquesta”, señala el “Chino”.
Y recalca: “Nos reunimos los días sábados y hacemos una fritanga para compartir un rato y así reunir fondos. No se hace todos los sábados. Cuando el club gana hay alegría, hay fiesta. Ganar es lo máximo. Entonces alguien trae un disco, el otro compra el pescado y se arma. Y las utilidades van quedando para el club, ya que llega la gente y copera con plata, con mil pesos, entonces se le paga a quien compró el pescado y el resto queda para el club”.
Sí, al parecer el pescado es el compañero ideal para una tarde de bajón en la cancha.
“También hacemos pescado en la cancha para reunir fondos y así pagar los gastos del club que son derecho a cancha, los arbitrajes, el lavado de ropa y también para ir mejorando la vestimenta. Tenemos 10 socios que cooperan con 10 mil pesos mensuales y también con el aporte de otras personas. Se necesita también plata para ayudar a los jugadores cuando se lesionan, donde muchas veces le pagamos el doctor, también la movilización para quienes vienen de más lejos. Acá hay que reunir mucha plata cada fin de semana para solventar los gastos, pero se hace. El socio siempre es un buen cooperador”, dice Muñoz del Fedenort.
Otro que también se jacta de estar en el mejor club de la región es Pedro Rojas, del Real Madrid de la Asociación de Tierras Bancas.
Con orgullo cuenta que “en el verano subsistimos con muchas actividades, peñas, rifas y también con un plan de 50 socios que pagan su cuota mensual. Esa es la base del club. Tenemos una sede donde se vende cerveza cuando nos reunimos y después de cada partido.
En está fechas como ha estado helado no se ha vendido nada, pero siempre hacemos cosas para vender y así tener plata para pagar las cuentas del club. Sin embargo, siempre es el socio el que más ayuda, el viejo”.
Dice que son del año 1964 y que han estado, en lo futbolístico, muy arriba y también muy abajo. Pero siguen alentando sin faltar a ningún compromiso. Nunca, porque el día que juegan es diferente. Ni con la selección se lo toman tan a pecho. Se preparan durante toda la semana para enfrentar al rival de turno y ganar, que es lo importante. Y si se pierde, no importa. Más se quiere al club.
“Cuesta mantener un club, pero por suerte tenemos mucha gente cooperadora que nos ayuda y no fallamos en eso. Llevamos años en esto y nunca ha fallado la plata. Somos un club muy responsable en ese sentido”, advierte.
Es la figura
Son ya las 19:00 horas y el árbitro ingresa a la cancha. También los jugadores, entre ellos un gordito del Unión Coll más preocupado de la facha que del partido. Lo hace con guantes –es el único- para no partirse las manos. Le tiran la talla pero él no pesca. Está concentrado en las miradas. En la prensa. En cómo se ve. En sus guantes. Un par de movimientos para entrar en calor y a la cancha. Suena el pitazo.
No pasan ni cinco minutos y comienzan los gritos. Todos dan órdenes. “Háceme caso…”, grita el DT, quien camina por el costado de la cancha dando indicaciones y dejando claro que no le hacen falta estudios superiores para entender el ABC del fútbol.
“Sube, marca, no lo dejí, abre la cancha, tócala rápido, Franciscoooo…”
El club lo es todo
El domingo, tanto en La Serena como en Coquimbo, y también alrededores, las canchas de tierra y pasto, algunas sintéticas, se llenan de fanáticos. Nadie falta. Menos los niños que siguen jugando y disfrutando, también soñando, mientras en la Asociación Serena Norte, en Las Compañías, suena el pitazo. Y en San Juan, Coquimbo. Y en la Asociación La Pampa. Y en La Pampilla, donde el Luis Ayala intenta quedarse con los puntos frente al Unión Farolito. Sí, se juega en todas partes. Y con pierna fuerte.
Porque la pachorra muchas veces marca diferencias. Es que el club lo es todo y en un clásico tu oponente, que puede ser tu vecino, se transforma en tu peor enemigo. Estos partidos, los clásicos en especial, a veces terminan a golpes para recordar que acá, en la población, se hablaba en serio.
Se pelea muchas veces, pero también se gana, como en el Justo Donoso, que tiene entre sus filas a exjugadores de bastante recorrido en el fútbol chileno como Juan Castillo, Carlos Barraza y Juan Quiroga. Los tres lo hacen, como dice el presidente del club, sin recibir dinero. Sólo reciben como premio el aplauso y el cariño de los socios e hinchas del club.
“Tenemos jugadores que les han ofrecido mucha plata para irse a otros clubes, pero ellos dicen que no, por el cariño y lealtad a la institución”, aclara Hidalgo, quien feliz cuenta del tricampeonato a nivel regional que han aganado en los últimos años y de todos los logros que han cosechado tanto en las categorías 35 y 45.
Dos goles y a festejar
En el Parque Coll el partido avanza con rapidez y el Unión Coll demuestra superioridad. Tiene los jugadores para hacerlo. Porque Francisco, autodenominado el “Dieguito”, comienza a hacer de las suyas. Juega y driblea a sus rivales. Con personalidad, como la del jugador de barrio. Tal como lo hicieron en sus inicios Gary Medel (en Conchalí), Alexis Sánchez (Tocopilla), Eduardo Vargas (Renca) y Arturo Vidal en la población La Victoria, allá en la comuna de Pedro Aguirre Cerda, en Santiago, en el club Ricardo Mejías, donde su padre, pero principalmente su tío, le inculcó desde chico el amor por el fútbol, por el club de barrio.
Ya con un frío que casi congela, el árbitro, tras casi 90 minutos, da por finalizado el compromiso. Triunfo del Unión Coll en la serie 45 años por 2-0. Francisco Herrera, el “Dieguito”, con dos goles cerró el marcador. El goleador se retira aplaudido. Aunque no hay luces ni tampoco registro de su proeza.
Pero, para ser franco, fui testigo de su primer gol. Hay que decirlo. Fue de bonita factura, como dicen los comentaristas deportivos, ya que de manera fantasmal apareció en el segundo palo, cuando recién se jugaban algunos minutos, para empalmar un centro perfecto y así anotar su primer tanto.
Y dice que el segundo fue “maradoniano”, pero eso nunca se sabrá.
Con las luces ya apagadas no hay más que hacer en el Parque. Comienza la retirada. Francisco, el “Dieguito”, lo hace en su bicicleta, no en andas, como a muchos crack se les lleva después de una tarde gloriosa. Ya habrá tiempo para eso. Sabe que tendrá que esperar hasta el día domingo para nuevamente volver a mostrar sus cualidades. Tal como esperan hacerlo en el Justo Donoso, el Fedenort y el Real Madrid. En La Pamilla y Serena Norte…En todas partes.
Los niños también tendrán su turno para nuevamente entrar, aunque sea unos minutos a la cancha, donde no les importará que sea de tierra o de pasto. Porque ellos sólo quieren “pichanguear” y poder soñar.