Patricia Álvarez, reina y orgullo nacional del tenis de mesa

La deportista, nacida y criada en Coquimbo, es reconocida por todo el entorno como una de las mejores exponentes de la disciplina. Ganó más de 15 medallas de oro con el escudo chileno en el pecho, pero aun así la falta de recursos frenó su exitosa carrera a los 27 años. Hoy, además de ser bombera, se ocupa de articular todos los eventos que realiza la Corporación de Deportes de la Municipalidad de Coquimbo
lunes 26 de septiembre de 2016

Apareció desde el segundo piso del estadio Francisco Sánchez Rumoroso. Venía de la sala de reuniones. Vestida en un 100% con ropa deportiva y con los anteojos de sol puestos sobre su cabeza, nos hace pasar hacia su oficina. Un salón enorme que comparten todos los trabajadores de la Corporación de Deportes de la Municipalidad de Coquimbo. Hace cuatro años que está como jefa de los eventos que organiza y patrocina la institución. 

Viene de esas familias coquimbanas hasta la médula. Las que viven la semana de fiestas patrias instaladas en La Pampilla, con carpa, parrilla, parlantes y juegos. No oculta su pasión por el club de sus amores, pues lleva en sus aros, anillo y cadena, el escudo de Coquimbo Unido. Incluso, lo tiene registrado en su piel. 

Hace pocos días estuvo trabajando en intentar controlar el incendio que hubo en el Empalme en el centro de la ciudad porteña. Hace más de 18 años que pertenece a la Décima Compañía Femenina de Bomberos de Coquimbo, donde además tiene un equipo de futbolito llamado Amigas del Fuego con sus propias compañeras del cuartel. 

Patricia Álvarez (34) no sabe cuántas medallas tiene. Desde los siete años que agarró la paleta del tenis de mesa. Su padre, Pedro Álvarez, fue el que la llevó por el lado del deporte. Es más, fue su entrenador hasta los 16 años, cuando la obligaron a irse a Santiago para integrar y entrenar por la selección chilena.

El separarse de la familia le fue complejo, pero a través de la unión que hizo con el resto de sus compañeras deportistas en Santiago, pudo palear la carencia del afecto familiar y concentrarse en un 100% a lo que viajó. Llegó a ser la número uno de Chile en su disciplina. Además de conseguir la medalla de oro en los Juegos Odesur del 2002, fue campeona sudamericana en 6 ocasiones, y latinoamericana en 8, tanto en dobles como en singles.

Y pudieron haber sido más glorias, pero a los 27 años decidió retirarse del circuito de la alta competencia, puesto que se cansó de la escasez de recursos para pelear por algo más grande que los torneos de Sudamérica. 

 

Hoy, Coquimbo cuenta con una deportista que llevó el nombre de la ciudad y del país lo más arriba posible, siendo destacada y reconocida por todo su entorno. Quizás, en bastante tiempo más que no se vuelva a tener a una tenimesista de esta categoría.

¿Cuándo nació la idea de jugar al tenis de mesa?
“Yo empecé a jugar a los siete años. Me dijeron que acompañara a mi hermana a un torneo. Ella (Laura) tenía 12 años. Ahí aproveché de participar y me gustó ese ambiente. Tuvimos suerte porque justo en ese momento había una gira de técnicos de tenis de mesa. Me vieron y les gusté. De ahí se contactaron con nosotros y empezamos”.

¿Y cómo fue que optó por dedicarse a este deporte?
“Mira, la verdad que mi deporte favorito era el básquetbol. Pero el hobby de mi papá siempre fue el tenis de mesa. Y luego del primer campeonato en el que participé, empecé a entrenar con mi papá todos los días. Ahí partí firme. Viajé y participé en casi todos los torneos nacionales. Recuerdo que a los nueve años clasifiqué a un sudamericano como seleccionada chilena para jugar en Perú. De ahí en adelante, seguí compitiendo en la mayoría de los torneos a nivel regional y nacional. A los doce años conseguí el primer lugar en el torneo de Perú”.

¿Cuándo llegó el punto de inflexión?
“A los 16 años. Me llevaron de cierta manera obligada a Santiago. Yo no quería. Me hicieron entender que si quería pertenecer a la selección chilena, no podía quedarme en Coquimbo. Y yo les decía que sí. En ese tiempo ya era campeona sudamericana y vivía acá, por lo tanto, les traté de decir que mientras rindiera aquí, todo estaría bien. Pero bueno, finalmente me fui a Santiago y me quedé alojando en el Centro de Alto Rendimiento (CAR)”.

¿Lo vio alguna vez como una opción rentable?
“No. Nunca lo vi como rentable porque no lo era. Ahora es distinto. Por ejemplo si ganas una medalla de oro en los Juegos Odesur, te pagan 3 millones de pesos, y te dan una mensualidad fija de un millón. Yo en ese tiempo recibí una beca que se llamaba TOP (Talento o Promesa), que eran $80.000 mensuales. Y la goma de mi paleta, que la tenía que cambiar todos los meses, me salía $25.000. ¿Más los viajes? No daba”. 

¿Entonces, cómo lo hizo?
“La motivación por representar a mi ciudad y a mi país fue mayor. Aquí tuve el apoyo, gracias a Dios, de Pedro Velásquez. Yo siempre he dicho que no soy política ni nada de eso. Pero él siempre se portó muy bien conmigo. Me financió la mayoría de los viajes que no me costeaba la federación. Si tenía que viajar 10 veces, él se ponía las 10 veces. Si hay alguien a quien tengo que reconocerle y agradecerle, es a Pedro Velásquez y también a Ricardo Larraguibel, porque fueron un pilar fundamental en mi carrera. Ricardo es un agente de aduana y también es socio del club Atenas, al cual yo pertenezco. Ellos creyeron en mi carrera desde un principio”.

¿Cuáles fueron sus principales desafíos?
“El primero fue integrar la selección, porque como provinciana era difícil, no te daban la opción comparadas con las de Santiago. Ellas tenían muchas más garantías. Las nominaban directo, en cambio, yo siempre me gané en mesa el representar a Chile. Competir con el centralismo fue lo más complicado. Mi meta siempre fue llegar a los Juegos Olímpicos, pero lamentablemente no lo pude conseguir. Sí fui a los Juegos Olímpicos universitarios, que se jugaron en Beijing. Pero no pude alcanzar ese sueño de representar a mi país en los JJ.OO. Y el resto, creo que cumplí todas mis metas. Representé a Chile durante 15 años, donde fui campeona en los Odesur, Sudamericanos y Panamericanos”.

¿Y por conseguir todos estos logros, le llegó algún premio monetario?
“No me llegó ningún peso por esto. Siempre estuve con la beca TOP. Fue muy poco el apoyo. Yo creo que por eso me retiré tan luego. Decidí dedicarme a estudiar y trabajar”.

¿De qué se arrepiente?
“A veces me arrepiento de haberme retirado tan luego, pero bueno, así es la vida. Y quizás también de no haber aprovechado una opción de irme a jugar a Portugal a un club. No quise en ese minuto”. 

¿Por qué?
“A pesar que era con sueldo mensual (500 mil pesos aproximadamente), me daban derecho a sólo un viaje anual a Chile. Y estar un año lejos de mi familia, era muy complicado. No me atreví y no me arriesgué. Después igual tuve mis logros, pero bueno, era una por otra no más”.

¿Qué siente al tener tantas medallas de oro en su historia? 
“Mira, las principales no las tengo. Esas se las llevé a la “chinita” de Andacollo. Están ahí. Le llevé mis principales medallas a la virgen como forma de agradecimiento. Y con el resto, claro, siento orgullo. Todo el sacrificio que vivimos con mi papá. Desde entrenar en las noches, cuando él llegaba del trabajo, hasta viajar horas de pie en tren para ir a competir”.

¿Siente que Chile es un país que reconoce a sus deportistas?
“No. No los reconoce. Cuando están arriba, todo bien, son héroes. Pero cuando te va mal se ríen y te dan, te dan y te dan. Ellos no ven lo que hay detrás de cada deportista. No ven el esfuerzo familiar que uno hace, el sacrificio, y todo lo que uno deja de lado por el deporte. No les interesa”.

¿En Coquimbo, cuál es su objetivo?
“Lamentablemente estamos muy lejanos de tener algo en tenis de mesa. No tenemos la infraestructura. Tenemos sólo dos horas semanales. De todas formas estamos empezando un proyecto, que tiene como primera etapa el realizar exhibiciones de tenis de mesa en los colegios, con los mejores exponentes, con el objetivo de atraer a los chicos y comenzar una academia a largo plazo, donde podamos tener un plan de entrenamiento de aquí a siete años por lo bajo. Ahí recién podemos armar un equipo, y podemos transmitir todo el conocimiento que tenemos en esta materia”.

Antes de culminar la entrevista, Patricia fue a buscar sus paletas y pelotas, para que jugara algunos puntos y así, la reportera gráfica pudiese captar los mejores momentos. Se dirigió al gimnasio techado, que está a metros del estadio, y saludó cariñosamente a Ramón Torrealba, quien es el sub administrador del recinto, y además, su primer entrenador de básquetbol. Él, al saber que se le estaba haciendo un reportaje en El Día, partió inmediatamente a su oficina, y dentro de sus cajones sacó una foto. Había un equipo de niñas de básquetbol, y en la esquina inferior de la derecha, estaba ella, Patricia Álvarez. La sorpresa fue inmensa para Patricia. Se miraron a los ojos y se fundieron en un abrazo potente.