La lucha por su sueño se mantuvo intacta
"Llega septiembre, compadre, y el alcalde nos invita a la inauguración de La Pampilla. Estábamos en pleno show cuando empezó a temblar, y quedó la embarrá. ¿Cómo cresta me traía a 10 viejas a pie y con niños chicos a La Herradura?”, fue el primer problema que tuvo que solucionar el presidente de la Asociación Gremial de Pescadores de La Herradura, Luis Godoy, más conocido como el “Laucha”.
Agarró su celular y pinchó a un viejo conocido que vivía en El Llano de Coquimbo. Sin pensarla dos veces, el amigo prendió el auto y los pasó a buscar. Daba lo mismo cuántos eran, el chofer estaba dispuesto a cualquier cosa para que todos pudiesen subirse al vehículo. Tras los tensos momentos de incertidumbre, el “Laucha” ya estaba rumbo al lugar en el que se crió. Dejó a su señora con todos los cabros chicos en la casa y partió de un paraguazo a su oficina.
-“¡Ahí viene el Laucha, ahí viene el Laucha!”, gritaba la gente que tenía depositada las esperanzas en que este hombre pudiese resolver, en cierta medida, lo que estaba pasando.
Hacía pocos minutos, la tierra había sacudido a la Región de Coquimbo con un terremoto de 8,4 grados en la escala Richter. Los pasos de Luis Godoy comenzaron a acelerarse. Entre el griterío, las bocinas de los autos y la desesperación de la gente que podía venir un tsunami, el “Laucha” se concentró y sus ojos enfocaron una sola imagen: la de un bote artesanal de pesca varado.
Cuando llegó a la playa chica -lugar donde siempre se ha reunido este gremio- respiró profundo y puso los paños fríos. Los hizo callar a todos.
- “¡A ver, niños, tranquilos!”, expuso con la voz enérgica, propia de un dirigente gremial.
“Lo que hay que hacer es traer un foco grande”, dijo y señaló con el dedo a la persona que se debía encargar de la misión.
- “Y tú trae el tractor, tú consíguete el camión y tú apúrate con las llaves ¡Vamos a sacar todos los botes antes que llegue la mar!”, terminó, con la vena del cuello hinchada por forzar la voz.
Al instante se comenzaron a mover las piezas para que, entre todos juntos, pudiesen evitar una posible catástrofe. Desde la calle hasta la playa chica hay una altura de 30 metros aproximadamente, con escaleras de unos 70 peldaños. Ahí, entre cuatro pescadores, alcanzaron a subir dos motores de los botes artesanales. Cada uno pesa 200 kilos y no tienen estructura para transportarlos a pulso. Están diseñados para moverlos en grúa. Entre el aceite que chorrea y la hélice que raspa, la maniobra era compleja.
Cuando subieron el segundo motor, un clásico pescador apodado “Puntete” se acercó al “Laucha”. Le tomó el hombro y le dijo:
-“Compadre, se te fue el muelle”.
El mundo pareció detenerse. Los oídos se le neutralizaron. La vista se encargó de absorberle todos los sentidos. Por ese instante, el cerebro de Luis se paralizó.
Bajó por las escaleras y se fue a la orilla de la playa, sin importarle lo que sucediera a su lado. Los pilotes y las planchas del muelle bailaban en el mar. Se movían de lado a lado mientras se dejaban llevar por la corriente marina. Los ojos se le deslieron en lágrimas. La nariz se le deshizo en fluido mucoso.
Hacía sólo 50 días que había sido la inauguración del embarcadero, que fue el fruto de un verdadero sueño para todo el gremio pescador. Meses de reuniones, de trabas, de negaciones, de persuasiones. Un proceso agotador, dificultoso, enredado y burocrático. Pero ellos, acostumbrados a luchar, insistieron hasta conseguir los permisos.
El 28 de julio de 2015, las autoridades y los pescadores se sacaron la foto que esperaron durante toda su vida. Por primera vez en su historia, contaban con un muelle propio, que los independizaba y los incentivaba a muchas cosas. Por fin, dejarían de utilizar las instalaciones del Club de Yates.
Tras la inauguración, las señoras de los hombres de pesca llevaron los implementos para realizar una fritanga. Celebraron como si Chile hubiese ganado un mundial de fútbol. La alegría era total. Y los sueños crecieron exponencialmente. Algunos se proyectaban a cinco años teniendo un centro gastronómico en la playa, con productos sacados por ellos mismos. Otros anhelaban fortalecer el turismo a través de un museo acuático, en fin. El libro de las ilusiones y las esperanzas ya tenía su primera página. El resto lo tenían que rellenar los protagonistas. Empezaba un mundo nuevo.
Pero para que toda esta celebración se pudiera haber realizado, el colectivo artesanal tuvo que realizar un sinfín de reuniones antes, donde a punta de perseverancia pudieron convencer a las distintas instituciones. Las Fuerzas Armadas, Obras Portuarias y la Capitaníade Puerto, entre otros, son algunos de los entes a los que persuadieron para poder ir cumpliendo los papeles y permisos necesarios, para recibir los $12.608.139 que les entregó la Subsecretaría de Pesca de Coquimbo, a través del Fondo de Artesanal Pesquero (FAP) y el Fondo de Solidaridad e Inversión Social (FOSIS).
La articulación que hubo detrás de todo este proceso, donde se debían definir los objetivos del proyecto, los plazos, los beneficios y deberes, estuvo auxiliada por Sebastián Elzo (27). Hombre egresado de Ecoturismo de la Universidad Andrés Bello.
Personaje importante que decidió meterse al gremio para potenciar la actividad, y buscar los mecanismos que podrían fortalecerlos, puesto que siempre habían estado desprotegidos. Hoy trabaja como gestor turístico de la caleta. “Quise ser parte porque, primero que todo, soy herradureño. Siempre vi que el dejo que había acá era el gremio de pescadores. Hay que saber que La Herradura tiene zona de área libre, lo que significa que cualquier persona puede extraer los recursos marinos, que es el alga y la jibia principalmente. Por lo mismo, no había ningún resguardo y esto se debía regularizar. Ahora somos 55 socios del gremio, que estamos legalmente constituidos como una caleta de pescadores, donde poco a poco nos hemos ido fortaleciendo y avanzando en el proyecto que tenemos a futuro”, señaló en la orilla de la playa chica de La Herradura.
Antes que Sebastián, alias “Mono”, continuara narrando su experiencia en este trabajo, hizo una pausa. Se levantó desde el lugar en que estaba sentado y caminó unos metros a su lado. Se agachó y con la mano derecha recogió cuatro botellas de vidrio que estaban en la arena para llevarlas al basurero.
Con pantalón rojo, camisa manga corta y los cachetes de la cara recién afeitados, salvo la parte superior del labio, siguió conversando y contó cuáles fueron los compromisos que acordaron con las autoridades. “Tenemos el deber de limpiar la playa chica sacando la ulva, que es el alga verde tipo lechuguilla. Entre arena, alga, agua y piedras, extraemos diariamente cerca de cinco toneladas, que luego las llevamos al vertedero”, manifestó. Desde el 2013 que trabaja codo a codo con el “Laucha”, formando una amistad potente y fructífera.
- “Me puse a llorar como cabro chico porque nadie sabe lo que tuve que hacer para lograr poner un muelle, compadre, llené a todos los viejos del gobierno, fui a reuniones, lobby, hice el manso escándalo para lograr que me dieran el permiso”, comentaba el “Laucha” en la orilla de la playa chica, de pie y al lado de su compadre “Mono”.
Me miró y con los hombros elevados dijo:
- “¿Y qué podíamos hacer? Nada, po’ compadre, porque la madre naturaleza estaba porfiándonos desde arriba”.
Cuando el mar se recogió más de 250 metros aproximadamente, el hermano del “Laucha” lo pescó fuerte y le comunicó:
- “Mira el yate, hermano, está arriba del Tigre (nombre del bote del “Laucha”). Va a hacer tira el motor ¡Te lo va a quebrar, w’on!”.
Entre el “pjjjjjj” que era el sonido que hacían las piedras que se movían con la recogida del mar, y las lisas – pescado típico de la bahía- que aleteaban en la arena, el “Laucha” partió inmediatamente a su embarcación para intentar rescatarla.
Cada bote tiene un costo aproximado a los cinco millones de pesos, con el motor incluido. Con la calma de un profesional que lleva más de cuarenta años metiéndose entremedio de los temporales a sacar jibias y blanquillos, se subió al bote de un amigo. A su lado iban otros tres pescadores más y el “Mono”, quien quería acompañarlo.
- “No, compadre. Usted se me baja. Tengo que estar cuidando a los niños y no voy a tener cabeza para cuidarte a ti. La responsabilidad adentro la voy a tener yo”, le dijo, serenamente.
El “Mono” lo miró de frente con los ojos abiertos, y casi sin decir una sola palabra se bajó del bote. Su misión no era adentro del mar. El desafío en el agua recién comenzaba y con los dos remos avanzó hasta el Tigre. Buscó los cuchillos y empezó a cortar las amarras. En eso, siente una vibración feroz. Las olas estaban entrando. El Tigre se succionaba y hacía presión con el yate. El “Laucha” miró hacia arriba y ve que el mástil se le venía encima. En una reacción automática saltó hacia afuera.
- “¡Laucha, Laucha, vienen las olas! ¡Devuélvete, mierda!”, le gritaban desde la orilla.
Pero hizo caso omiso. Prendió un cigarro, analizó la bahía y partió nuevamente. Se propuso salvar todos los botes, amarrándolos uno por uno al yate que estaba más lejos de la orilla al interior de la bahía.
En mitad del mar se prendió una bengala. Señal de auxilio de sus colegas. A los diez segundos se prendió la segunda y luego la tercera. Con la impotencia de no poder hacer nada, el “Laucha” continuó la misión. No tenía cómo llegar a ese lugar. El motor había chocado en una roca y no prendía. Bien agarrado de los remos siguió. Su cabeza no podía desconcentrarse. Un error podía ser fatal. Pero era inevitable sentir el vértigo al ver las rocas que se aparecían cuando el mar se recogía. El ruido era estremecedor.
- “Tuvimos la sapiencia para hacer las cosas. No hubo ningún accidente, todos ilesos. Yo quise meterme a los botes, pero me echaron cagando. Me dijeron que me encargara de la orilla”, cuenta el “Mono” un año después.
Cuando empezaron a aparecer los primeros rayos de luz, se dimensionó lo que había sucedido. No había muelle. Sólo botes dados vuelta, troncos flotando, barro, basura, pescados y jaibas muertas.
Aún quedaban botes por salvar, así que el “Laucha” partió a su casa, se tomó un té caliente, sacó el traje de buceo y se fue nuevamente a la playa chica.
Con dos cuchillos puestos en las caderas se metió al mar. No veía nada. El mar estaba turbio. Bien concentrado en el tacto de sus manos, fue desamarrando y cortando las cuerdas.
- “No veía nada, compadre. Pero yo tenía que desamarrar los botes que estaban dados vuelta, para intentar salvarlos y evitar perderlos. Esa es la fuente de trabajo de mis colegas y mientras pueda ayudarlos, lo voy hacer”, comentó.
Cuando el sol apareció en su totalidad sobre la bahía, los pescadores captaron la magnitud del desastre natural. A muchos les picaban las manos por querer hacer algo de inmediato. Uno de ellos exclamó:
- “Ya, levantemos el muelle al tiro ¡Todos a agarrar los palos!”, culminó y fue interrumpido por el “Mono”, quien respondió.
- “Tranquilo, cabros. Cálmense. Esto lo vamos a sacar adelante. Pero primero vamos viendo los pasos. Hay que hacerles saber a las autoridades lo que nos pasó”.
Rápidamente llamaron al prevencionista de riesgos Gabriel Luna, quien en un par de horas ya tenía redactado el documento que contemplaba el detalle de todas las pérdidas que había sufrido el gremio, con un respaldo fotográfico incluido. Un total de 3 botes, el muelle completo, más alguna que otra tabla rota al interior de las embarcaciones, integraron el balance.
De todas formas, a pesar que hubieran escrito el texto, la tristeza era grande y la impotencia enorme.
-“Tranquilo, w’on, si esto lo vamos a levantar. En un ratito agarramos esta w’á y la paramos nosotros ¡Pero no nos vamos a quedar sin muelle, estay loco!” le decían constantemente al “Laucha”, cuando lo veían derramar una lágrima.
No hubo espacio ni momento para achacarse. Los hombres de la pesca artesanal han vivido muchos reveses en la vida. Constantemente están a la cola de los proyectos sociales. Su fuerza interior no dejaría que la naturaleza les botara el sueño de toda una vida, que era contar con un muelle propio para independizarse del resto.
- “¿Sabes el orgullo que tenemos?”, preguntó en voz alta el “Laucha”, mientras se le hacía la entrevista al final del muelle.
-“Que tenemos la fuerza y las ganas de levantarnos siempre, compadre. Cuando terminé de trabajar en el agua, pesqué a mi hijo y nos vinimos al muelle. Ahí pusimos la bandera chilena, compadre. A pesar que se nos haya venido el mundo abajo cuando vimos nuestro muelle hecho tira, ahí estaba puesta nuestra bandera”, contestó a sí mismo, mientras se arreglaba el gorro de estilo chilote que llevaba puesto.
A los dos días de la tragedia, el gremio estaba reunido en la playa chica, viendo qué hacer. De pronto vieron una camioneta blanca que se instala ahí. Se abre la puerta, y un hombre se presenta y dice:
- “Muchachos, vamos a levantar este muelle. El Gobierno se quiere poner con ustedes. Y es más, vamos a mejorarlo a como estaba construido antes. Lo haremos veinte metros más largo y le pondremos iluminación solar”, señaló Yuri Smith, quien es el representante del Servicio Nacional de Pesca de la Tercera y Cuarta Región.
Fueron veinte millones de pesos los que se pusieron a disposición del gremio. El muelle recién se había inaugurado hacía un mes y medio atrás. Por tanto, pasó a ser prioridad en la reconstrucción, puesto que el problema de raíz seguía latente, que era que dependían exclusivamente del muelle del Club de Yates, y este se iba a cerrar por un tiempo, porque querían arreglarlo, y los pescadores se iban a quedar sin nada. “Por lo mismo, pasó a ser un tema de reconstrucción gubernamental”, señaló Yuri Smith.
Bastó con un par de trámites burocráticos y conseguir los permisos correspondientes para poner la primera piedra nuevamente en la playa chica de La Herradura. En total, fueron siete meses los que estuvo en reconstrucción, periodo que no fue fácil, puesto que había que parar la olla en las casas de los pescadores, y en las profundidades marinas no había peces ni jibias. Sin embargo, se las arreglaron de igual manera, pensando, incluso, en hacer ollas comunes. De hambre no se iban a morir.
En abril de este año se largaron a llorar otra vez. El muelle de 76 metros de la Caleta de Pescadores de La Herradura estaba en pie y operativo.
Una batalla larga y tortuosa, que trajo nuevamente la semilla de la esperanza a todo el gremio pescador artesanal. Está en ellos nutrir las páginas sabrosas del nuevo ciclo que se les viene.