Callejero por derecho propio

martes 28 de febrero de 2017

Hoy presenciamos un incremento de la población perruna en la ciudad.
El fenómeno sucede de vez en cuando, en tiempos de convulsiones políticas o de alteraciones climáticas, como el actual. Dejados de la mano de Dios y asistidos a medias por la de su mejor amigo -el hombre-, los “ejemplares” andan por todos lados practicando su actividad preferida: el merodeo.  
Abundan sobre todo en las calles del centro y jamás se sabe de dónde vienen. Algunos se quedan horas al “aguaite,” a la salida de una pizzería, a ver si les cae una sobra caritativa. 
Otros, más escépticos, miran la realidad con una membrana brumosa en los ojos y permanecen inmóviles en algún intersticio esperando un momento adecuado para escarbar los tarros de basura.
Los más orondos, por su parte, se despaturran bajo el sol matinal y ejecutan en el semisueño piruetas inconscientes, arrancando sonrisas de simpatía en las habitualmente endurecidas facciones de los transeúntes.
Son estos los perros callejeros, humanizados y civiles. 
Los hay amigos de las aglomeraciones. 
Entran a veces al estadio con la libertad de un parlamentario y se introducen en la cancha en pleno partido, persiguiendo la pelota con mayor velocidad que los jugadores. 
Pero mayoritariamente se trata de seres discretos y melancólicos, que en pleno centro esperan la luz verde para atravesar y que se “ahuachan”  junto al “guardián punto fijo”, compartiendo con él un silencio ilimitado.
 También suelen improvisar su hábitat en medio de las devastaciones municipales o “trabajos de hermoseamiento”, haciendo la siesta con total impasibilidad, aunque a su lado esté tronando una pala mecánica. 
Nada tiene que ver el quiltro de la calle con su parentela lejana, materialmente más privilegiada. Ni con el chihuahua ratonil y faldero ni con el poodle vaporizado de perfumes. 
Menos aún con el doberman nazi de ojos criminales que a la menor provocación se lanza a defender el único concepto que ha incorporado a su cerebro de nuez: el de propiedad privada.