Las historias detrás de quienes aún esperan una solución habitacional

En total son 22 los campamentos que existen en la región, en los que habitan 745 familias. Uno de ellos es el constituido por los comités Desierto Florido y Tierra Añañucas, en Las Compañías. Allí nos internamos y conocimos las historias de familias que no tuvieron otra opción que instalarse en ese lugar. Ellos, condenan duramente el accionar de algunos que han llegado a la toma sin tener la necesidad, y “sólo para lucrar”. Por su parte, la autoridad es clara: No pueden seguir ahí porque es una zona de riesgo, y quienes tienen una segunda vivienda deberán hacerse responsables por su ocupación ilegal.

Claudia camina lento con la mano en su vientre. En dos días más dará a luz a su cuarto hijo y sabe que tiene que cuidarse, aunque cueste, sobre todo en ese ambiente adverso donde el destino la puso a ella y a su familia.

Son las 09:00 de la mañana, pero su día ya comenzó hace varias horas. A eso de las 06:30 se levantó junto a su marido a hacer fuego, hervir agua y calentar el pan que quedó del día anterior para preparar el desayuno a su esposo y al pequeño Yheiko, de cuatro años.

Pese a su cruda realidad, intenta hacer una vida normal, dentro de lo posible, y que su hijo vaya todos los días al jardín Pelusitas del Brillador, en Las Compañías. “Hay que echar a andar la máquina bien temprano acá, porque el jardín queda lejos y tenemos que caminar para que el Yheiko llegue a tiempo. No me gusta que falte”, dice la mujer, con un atisbo de resignación en su rostro. Claro, ese día hizo una excepción y el frío la convenció de que el pequeño debía quedarse “en casa”. “Pero fue sólo por hoy nomás”, agrega ella, ahora sonriendo y mirando cómplice al niño que en ese momento le abraza la pierna, despeinado y regalón. La besa y la suelta, para ir a corretear con otros niños del lugar. Está feliz.

Y es que nadie allí, en el campamento Desierto Florido y Tierra Añañuca, ubicado justo detrás del cementerio de Las Compañías, parece estar pesimista. Aunque no tengan agua potable, ni luz y pese a que las casas que ellos mismos levantaron, tras el temporal de mayo se encuentren más deterioradas que nunca.

“No sacamos nada con andar tristes, no tenemos casa, es verdad, pero estamos esperanzados en que pronto llegaremos a tenerla. Para eso estamos trabajando”, cuenta Claudia, quien forma parte de una de familias que desde hace unos ocho años comenzaron a tomarse los terrenos a los pies del cerro y que ya se han convertido en una pequeña villa ilegal en la que habitan unas 400 personas.

UN LUGAR, UN MOMENTO. El olor de la tierra mojada colma el ambiente cuya música de fondo es el ladrido permanente de los perros que cuidan el campamento, uno de los 22 que existen en la Región de Coquimbo, de acuerdo al último catastro de la Fundación Techo, realizado el 2016.

En el lugar, cada rostro guarda una historia y Claudia Paillapi, la presidente de uno de los dos comités en la toma, no es la excepción. Ella lleva dos años viviendo allí. Desde Arica llegó a La Serena el 2013, junto su marido y sus hijos a la casa de sus suegros, pero el plan no resultó. Al poco andar surgieron problemas y se hizo necesario buscar otro lugar.

No era el momento indicado. La situación económica era endeble –todavía lo es- y no tenían cómo costear un arriendo. La desesperación llegó, y Claudia cuenta que con su pareja salían a caminar durante horas para pensar cómo solucionaban su problema. Cómo continuarían viviendo.

Y un día el Desierto Florido apareció como la tierra prometida. En una de estas largas caminatas, se toparon con unas pequeñas casas hechas artesanalmente con material ligero. Habían llegado al campamento, a la meta.

“Cuando vimos este lugar estábamos tan complicados que no lo pensamos mucho. Hablamos con la señora que era la dirigente en ese minuto y ella nos dijo que podíamos acomodarnos en algún sitio, así que aceptamos inmediatamente. Fue difícil, porque sólo teníamos el sitio, pero de a poquito, y con material reciclado armamos una pieza”, dice, rodeada de un grupo de vecinos con quienes comparte la misma realidad.

EN LAS BUENAS Y EN LAS MALAS. Aníbal Flores e Ingrid Godoy, también están allí. Son vecinos de Claudia y llevan 15 años juntos.

Si bien gran parte de las familias que residen en la toma vienen desde otros lugares del país, ellos son serenenses desde siempre.

Han pasado por muchas situaciones complejas durante su relación pero la que vivieron hace tres años fue la peor. Ellos, arrendaban una casa en Las Compañías, pero Aníbal perdió su trabajo y no pudieron seguir pagando el alquiler.

El hombre, orgulloso, no quiso pedir ayuda, y según él mismo reconoce “prefirió arreglárselas solito”. Pero no tuvo éxito buscando otro empleo y como sabía de la existencia del campamento, tuvo que buscar su espacio al pie del cerro. “Me acuerdo cuando llegamos el primer día. Fue de improviso porque pensábamos que íbamos a pagar una pieza por la noche, pero no nos resultó, no nos alcanzó la plata. Así que nos vinimos para acá, con lo puesto y dormimos a la intemperie”, comenta Aníbal, sentado en un sillón junto a su mujer y al pequeño de seis años que lleva su mismo nombre.

Ingrid lo mira y asiente con la cabeza. Habla poco, pero su rostro denota emoción cuando Aníbal lo inunda todo con recuerdos. “Lo que pasa es que es bien duro lo que uno ha pasado, y lo seguimos pasando, porque él (su esposo) sólo realiza trabajos esporádicos y eso nos complica para ahorrar y juntar la plata que necesitamos para postular a la casa”, manifiesta la mujer, al tiempo que su hijo, inquieto, va a ver si “hirvió la tetera” para preparar el té. “¡Le salen burbujitas!”, dice el pequeño, mientras levanta la tapa de tiznado recipiente y su gato “el Llorón”, corre tras él. Es hora de tomar desayuno.

UN SUEÑO TRUNCADO. Llama la atención de inmediato. Al salir de la pequeña casa de material ligero en donde viven Aníbal e Ingrid, nos encontramos a Guisella Riquelme de 21 años.

Ella, hace dos años estaba cumpliendo su sueño. Vivía en Santiago con sus abuelos y había entrado a estudiar la carrera que siempre le había apasionado: medicina veterinaria. Todo iba bien, pero tuvo problemas económicos que la obligaron a dejar la universidad.

En ese momento el mundo se le vino abajo. Se deprimió y debió buscar oportunidades para seguir subsistiendo, las que no encontró en la capital por lo que decidió venir a La Serena, donde viven sus padres, aunque tampoco tuvo suerte. Los inconvenientes familiares no le permitieron quedarse con ellos.

Y ahí está ahora, en el campamento. Con un pequeño perro en sus brazos, dándole cariño, y recibiéndolo al mismo tiempo. Su pasión son los animales, y se nota.

Es la vecina más joven que ese día encontramos en el campamento y pese a los problemas que se han suscitado en los últimos cinco meses desde que retornó a la zona, está convencida de que saldrá adelante. “Yo sé que ahora son tiempos algo complicados, pero no se puede dejar de luchar. Por eso que estamos acá con mi pareja intentando salir adelante. Los dos trabajamos, y yo estoy tratando de volver a estudiar”, cuenta, la joven, quien tiene cursos de estética y en ello labora de manera esporádica, lo que le permite subsistir.

UNA REALIDAD PREOCUPANTE. La necesidad es real. Qué duda cabe. La vimos con nuestros propios ojos. La sentimos en cada casa a la que entramos, en cada mano que estrechamos tras conocer una historia. Sin embargo, no todos los que están en la toma Desierto Florido-Tierra Añañuca, lo hacen por necesidad. Algunos, ya tienen una segunda vivienda.

Aquello, los vecinos que han llegado ahí porque no les ha quedado otra alternativa lo tienen claro y condenan esta mala práctica. Y es que saben que los perjudica a la hora de reunirse con la autoridad y buscar una solución habitacional.

Patricia Fuenzalida es madre de dos hijos. Vive en el campamento hace dos años, pero lo único que quiere es salir de ahí y obtener una vivienda social. Nada regalado, pero sí a través de algún beneficio estatal que haga posible cumplir el sueño de tener una casa.

Para eso está ahorrando, el problema es que no le alcanza y se le hace difícil juntar dinero todos los meses. Por lo mismo, siente rabia e impotencia al ver que algunos de los habitantes de la toma sólo han llegado ahí por la posibilidad de obtener un terreno a bajo o nulo costo.

Cuando la encontramos iba de la mano con su pequeño, saliendo a dejarlo al colegio, como todos los días de lunes a viernes, teniendo que caminar un largo trayecto para encontrar locomoción. “Es una vergüenza lo que hacen algunos. Porque tú me ves a mí, salir de acá un lugar apartado, teniendo que caminar con mi hijo chico para ir a dejarlo al colegio porque no hay otra opción, estamos por necesidad. Pero hay otros que sólo vienen los fines de semana a arreglar sus casas, a descansar y uno sabe que ellos tienen otro lugar para vivir. Es injusto lo que hacen”, manifiesta Patricia mientras avanza con su pequeño.

Ella es una de las tantas vecinas que está inscrita en un comité de vivienda, para obtener una solución habitacional y abandonar la toma. “Esa es la idea nuestra, tener una vivienda. Hay muchas personas se quieren quedar con el terreno, y yo encuentro que eso no es lo que corresponde, porque ellos pueden costearse una casa”, agrega, molesta, gesticulando con impotencia Patricia.

PROPIEDAD FISCAL: RIESGO DE DESALOJO.  Patricia no es la única que da cuenta de la situación que se está produciendo en la toma de Las Compañías, que haya personas que ya tienen casa -lo cual fue revelado durante la semana por diario El Día-. Durante nuestro recorrido por el lugar, todos reconocieron que existe un grupo de gente que sólo está ahí “para sacar beneficios”. De ello, también están conscientes en la Seremía de Bienes nacionales, quienes han trabajado con este campamento y conocen su realidad.

En este sentido el seremi de la cartera, Diego Núñez, sabe que la situación es compleja, que hay que dar soluciones, pero también hacer las distinciones entre las familias que realmente lo necesitan y las que no. “Nosotros no desconocemos el problema, y tenemos que ver como Gobierno cómo podemos dar respuesta y disponer de terrenos donde sí se puedan dar soluciones habitacionales. Eso hay que analizarlo con el Serviu, para poder transferirle los terrenos, algo que ya se está realizando. Pero no podemos desconocer que hay mucha gente que está ahí, prácticamente la mitad de las familias, que ya tienen una segunda vivienda,  y desde ese punto de vista ellos no van a ser beneficiados por el Serviu”, manifestó Núñez.

Enfatizó en que existen mesas de trabajo multisectoriales para dar soluciones, pero como Estado también tienen el deber de perseguir responsabilidades de las personas que han ocupado ilegalmente el lugar usufructuando de éste sin tener una necesidad. “Lo que corresponde en estos casos es oficiar al Consejo de Defensa del Estado que es el órgano que nos representa en estos casos y desde luego el desalojo es una de las alternativas. Porque estamos trabajando en ambas vías, buscando soluciones, pero como Gobierno tampoco podemos hacer abandono de nuestros deberes y cuando existe una ocupación es lo que corresponde, pero, insisto. Esto no se contrapone con la búsqueda de soluciones”, precisó la autoridad, dejando en claro que están trabajando para ayudar a estas personas, pero dentro del marco legal y a quienes de verdad la requieren.

 

LA NOTICIA EN CIFRAS
400 personas aproximadamente son las que habitan en el campamento Desierto Florido y Tierra Añañuca.
22 campamentos existen actualmente en la Región de Coquimbo
7 campamentos menos habrá el 2018 según el director del Serviu Ángelo Montaño.

 

SOLUCIONES DESDE EL SERVIU. Más allá de que existan personas que se aprovechen, lo cierto que es nadie desconoce la problemática social de la falta de viviendas. En esa línea, desde el Serviu admiten que la situación sigue siendo grave pero aseguran que en los últimos años se han ido dando soluciones y erradicando paulatinamente los campamentos.

En el año 2012 en la Región de Coquimbo había 1079 familias viviendo en 35 ocupaciones ilegales, mientras que a la fecha, la cifra ha disminuido a 745 en 22 campamentos (ver infografía). Además, el director regional del Serviu Ángelo Montaño aseveró que para el 2018 habrán erradicado 7 campamentos más.

Específicamente en el caso de Desierto Florido-Añañucas, Montaño manifestó que se está trabajando con los comités, para entregar la solución habitacional a través de una vivienda social. “Lo que hacemos es vincularlos a proyectos de vivienda que estamos desarrollando en las distintas comunas, porque esos terrenos no son aptos para que estas personas se queden ahí. Nosotros estamos coordinando con el ministerio de Bienes Nacionales la posibilidad de coordinar a este grupo y llevarlos a terrenos que pertenecen al Estado que hemos conseguido gratuitamente”, indicó Montaño.

El Seremi aseveró que en lo concreto, cuando se reúnan con las familias del campamento se les informará de las posibilidades que tienen. “Nuestro desafío es ir a la solución de fondo, por eso el proyecto de mediano plazo que le vamos a presentar a los vecinos tiene que ver con darles un subsidio para que tengan su vivienda social. Y no sólo lo haremos con este campamento, esto es con todas las familias que necesitan una solución habitacional. Ellos, los vecinos,  por lo pronto, lo que necesitan es tener un ahorro de 250 mil pesos para partir y poder postular”, aseveró.

LA DESPEDIDA. Son casi las 13:00 horas y Claudia Paillapi comienza a impacientarse. Yheiko está algo inquieto. Claro, ha llegado la hora de almuerzo y el niño tiene hambre.

La mujer, sentada en una silla de madera donde suele acomodarse durante las tardes, esperando que el tiempo pase, pero sin llevarse la esperanza, en ese momento se levanta lentamente llevando ambas manos a su vientre lleno de vida. “Ya no alcanzamos a ir a la feria, hijo”, le dice al pequeño que le responde con una sonrisa. “Ojalá sirva de algo que se conozca cómo vivimos nosotros acá y que las autoridades nos ayuden de verdad. Yo estoy a dos días de tener a mi hijo y quiero que crezca en una casa, sin el miedo constante de que en cualquier momento alguien nos puede venir a sacar”, expresa y guarda silencio. De fondo, el ladrido de los perros, el olor  a tierra mojada.

 

FUNDACIÓN TECHO: “UNA DEUDA PENDIENTE”
Desde la Fundación Techo, el director regional Erick Vergara es categórico. “Seguimos teniendo una deuda pendiente como país en el tema de la vivienda”.
Y es que si bien precisa que se ha ido avanzando, los esfuerzos todavía nos son suficientes para que campamentos como Desierto Florido- Tierra Añañucas y otros sean erradicados y esas familias tengan un lugar digno donde vivir. “Nosotros trabajamos con ellos, y ahora vemos las mayores urgencias que tienen para ir dándoles  soluciones en el tema del agua, en el tema de los basurales que hay cerca. También van nuestros voluntarios y de hecho ahora están trabajando en hacer una pequeña plaza, pero sabemos que no es la solución definitiva. Por eso, también realizamos un trabajo de orientación para dar una solución habitacional, porque esa es nuestra misión final”, indicó Vergara.

 

 

FRASES DEL DÍA

“Yo sé que ahora son tiempos algo complicados, pero no se puede dejar de luchar. Por eso que estamos acá con mi pareja intentando salir adelante”, Gisella Riquelme, habitante del campamento.

“Me acuerdo cuando llegamos el primer día. Fue de improviso porque pensábamos que íbamos a pagar una pieza por la noche, pero no nos resultó, no nos alcanzó la plata”, Aníbal Flores, habitante del campamento.

 

“Algunos sólo vienen los fines de semana a arreglar sus casas, a descansar y uno sabe que ellos tienen otro lugar para vivir”, Patricia Fuenzalida, habitante de la toma.