Exposición de Marcelo Rojas en Centro Cultural Palace
La apasionante vida de coquimbano bajo el océano escondido de Chile
A diez centímetros del ojo de un tiburón. Flotando durante más de diez minutos en absoluto silencio para conseguir la luz perfecta. Cargando más de 50 kilos de equipo en aguas heladas y con fuertes corrientes. Cuesta imaginar que la misma persona que vive estas experiencias extremas pase gran parte de sus días entre planos, proyectos y reuniones en la Secretaría de Planificación de la Municipalidad de Coquimbo.
Pero así es la vida de Marcelo Rojas González, funcionario municipal, fotógrafo submarino y apasionado explorador del océano, quien ha dedicado años a capturar la belleza oculta de los mares de Chile para mostrarle a la comunidad un universo tan cercano como desconocido.
Ese universo submarino es el protagonista de “Un Viaje Submarino: desde Coquimbo a las profundidades de Chile”, exposición fotográfica que actualmente se exhibe en el Centro Cultural Palace y que se ha transformado en una de las muestras más comentadas y emocionantes del Mes del Mar y del aniversario de la comuna de Coquimbo.
La exposición reúne 40 fotografías submarinas captadas en distintos rincones del país, desde la Reserva Marina Isla Chañaral hasta la Patagonia, pasando por Rapa Nui y el Archipiélago Juan Fernández. El trabajo de Marcelo ha sido reconocido tanto en el ámbito científico como artístico, formando parte de diversas publicaciones y libros de divulgación. En 2025, además, obtuvo el primer lugar en la categoría “Flora y Fauna Acuática” del prestigioso concurso Ojo de Pez.
Hoy se siente un verdadero embajador del mar y, aunque ha realizado inmersiones en diversas partes de Chile y el mundo, asegura que el corazón de la muestra está en Coquimbo.
“Es mi casa. Vivo a menos de diez minutos de la playa y prácticamente buceo todo el año aquí. La mayoría de mis registros son de esta zona”, comenta.
Y basta recorrer la exposición para entender por qué. Medusas gigantes, lobos marinos, bosques submarinos, diminutos organismos invisibles para la mayoría de las personas y retratos de especies que parecen sacadas de otro planeta aparecen iluminados con colores intensos, revelando un Chile submarino tan desconocido como fascinante.
Un amor que nació bajo el agua
La historia de Marcelo con el océano comenzó mucho antes de tomar una cámara submarina. Fue su padre quien le transmitió el amor por el mar, mientras él desarrollaba paralelamente una pasión por la fotografía de naturaleza, especialmente de aves.
Pero todo cambió el día de su primera inmersión.
“Lo que más me impactó fue darme cuenta de que no conocía a casi ninguno de los animales que estaba viendo. Ahí nació la idea de unir mis grandes pasiones: el mar, el buceo y la fotografía”, recuerda.
Sin embargo, el camino no fue fácil. Pasaron varios años antes de conseguir el equipo necesario para realizar sus primeras fotografías submarinas. Entre cámaras, flashes, focos y sistemas especiales, ingresar al mundo de la fotografía bajo el agua requiere una inversión importante y una preparación técnica constante.
“Antes de ser fotógrafo submarino, primero hay que saber bucear. Estamos entrando a un medio que no es el nuestro y la seguridad siempre es lo primordial”, explica.
A eso se suma la complejidad técnica de fotografiar bajo el agua. A medida que se desciende, los colores desaparecen. El rojo, por ejemplo, se vuelve gris a pocos metros de profundidad, obligando al uso de iluminación artificial y a calcular manualmente cada parámetro fotográfico.
Pero para Marcelo, el verdadero desafío no es técnico, sino emocional.
“La paciencia y el respeto son fundamentales. Nosotros somos simples visitantes del océano y debemos generar el menor impacto posible. Muchas veces no se trata de llegar y tomar la foto; hay que esperar, observar y entender el comportamiento de los animales”, señala.
La foto perfecta
Detrás de cada imagen existen historias que el público difícilmente imagina. Una de las fotografías más impactantes de la exposición muestra el ojo de un tiburón en primerísimo plano. Para conseguirla, Marcelo tuvo que acercarse lentamente hasta quedar a apenas diez centímetros del animal.
“Tuve que moverme con extrema lentitud para ganar su confianza y no espantarlo. Ahí entendí que la fotografía submarina también tiene mucho de conexión con los animales”, relata.
Otra de las anécdotas más increíbles ocurrió este mismo año en el Archipiélago Juan Fernández. Marcelo viajó tras meses de preparación y sacrificando gran parte de su equipaje personal para poder transportar sus equipos de iluminación dentro del límite permitido.
Pero al llegar descubrió un error devastador: había olvidado el cuerpo de la cámara en su casa.
“Fue una torpeza tremenda. Llevaba todo el equipo, menos la cámara”, cuenta entre risas.
Sin embargo, una amiga y dueña de un centro de buceo en la isla le prestó generosamente una cámara submarina, permitiéndole rescatar gran parte de las imágenes que hoy forman parte de la exposición.
“Esas fotografías existen gracias a ella”, afirma.
Un regalo para Coquimbo
La idea de realizar esta muestra nació en 2019, cuando Marcelo presentó el proyecto al Centro Cultural Palace. Aunque la propuesta tuvo buena recepción, la pandemia obligó a congelar el sueño durante varios años.
Hasta ahora.
“Siempre pensé que debía hacerse en mayo. Por el Mes del Mar, por el aniversario de Coquimbo y porque justamente un 21 de mayo tomé mi primera fotografía submarina”, comenta.
La exposición fue completamente autofinanciada y, según Marcelo, representa una forma de devolverle algo a la ciudad.
“Esto es un regalo para Coquimbo. Mi objetivo era democratizar el acceso a este mundo submarino que la mayoría nunca ha podido ver”, afirma.
Y el impacto en el público ha sido precisamente ese: sorpresa y emoción. Marcelo suele recorrer discretamente la sala para escuchar las reacciones de quienes visitan la muestra. Hay niños maravillados, adultos sorprendidos por los colores y personas que por primera vez descubren que bajo el mar chileno existe tanta vida.
Pero hubo un momento que lo marcó especialmente.
“Una señora de 70 años se me acercó y me dijo: ‘Nunca aprendí a nadar y jamás pensé que iba a conocer las profundidades del mar. Gracias por mostrarme esto’. Fue uno de los momentos más emocionantes que he vivido”, recuerda.
El mar como conciencia
Más allá del arte, Marcelo entiende la fotografía submarina como una herramienta de educación y conservación.
“Existe una frase muy cierta: ‘No se cuida lo que no se ama y no se ama lo que no se conoce’. Chile tiene más de 4.600 kilómetros de costa, pero sabemos muy poco sobre la vida que existe bajo el agua”, reflexiona.
Por eso, cada fotografía busca algo más que belleza. Busca despertar conciencia.
“Mi meta es que cuando miremos el mar no veamos solo una masa infinita de agua, sino toda la vida que existe debajo de la superficie”, explica.
La muestra también busca romper con la idea de que el océano chileno es gris o carente de biodiversidad.
“Las aguas chilenas son muy difíciles para fotografiar: frías, con corrientes y muchas veces con poca visibilidad. Pero justamente esa exigencia hace que capturar sus colores y su vida sea algo infinitamente gratificante”, sostiene.
Y aunque ha fotografiado en Costa Rica, México y España, Marcelo asegura que su mente sigue puesta en Chile.
“Aún queda muchísimo por explorar. Mi próximo gran sueño es convertir esta exposición en un libro y recorrer las zonas del país que todavía me faltan por registrar, especialmente el norte grande y el extremo sur”, adelanta.
Mientras tanto, “Un Viaje Submarino: desde Coquimbo a las profundidades de Chile” continúa sorprendiendo a quienes se atreven a entrar al Palace y mirar más allá de la superficie.
Porque a veces basta una fotografía para descubrir que el océano, ese que vemos todos los días, todavía guarda secretos capaces de emocionarnos profundamente.