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"Sentía un llamado a la soledad": exmonjes se enamoraron en Chiloé

Tras décadas buscando la soledad absoluta, dos exmonjes se cruzaron en Chiloé y encontraron un amor que ni ellos esperaban. La historia sorprende.
sábado 20 de junio de 2026

La historia de David y Alejandra, un matrimonio que se gestó en Chiloé, ha captado la atención por su origen inusual. Ambos dedicaron décadas de su vida a la fe como monjes, buscando la tranquilidad en la soledad. Sin embargo, el destino los unió en una remota zona de Melipilla y luego en la isla de Chiloé, donde un amor que describen como inexplicable comenzó a florecer.

Desde una videollamada desde su hogar en Chepu, Chiloé, David Jara y Alejandra Reyes compartieron con BioBioChile su testimonio de fe, vocación y los giros inesperados de la vida. Su relato destaca cómo los sentimientos pueden surgir y transformar una existencia con el paso del tiempo.

Alejandra Reyes, chilota de 48 años y oriunda de Ancud, inició su camino espiritual católico a los 9 años, influenciada por su hermana. A los 16, su deseo de ser monja se consolidó, sorprendiendo a su círculo cercano, pues era una joven con una vida social activa.

"Cuando hablé de vocación, que a eso nos referimos cuando hablamos de un llamado especial, la vocación religiosa, nadie se lo esperaba", recuerda.

Tras finalizar el cuarto medio, su decisión era firme. "Curiosamente, lo que yo sentía en mi corazón era un deseo no solamente de pertenecer a la persona de Jesús, de estar metida en sus cosas, en la Iglesia, ser monjita, así no más, sino que yo sentía en mi corazón un llamado muy profundo a la soledad", explicó.

Fue así como encontró orientación en el Carmelo, también conocido como las Carmelitas Descalzas, un lugar donde su vocación pareció encajar. "Entré a los 19 años y ahí permanecí 20 preciosos años de mi vida en el Carmelo como monja carmelita descalza. Fui feliz", sostuvo Alejandra.

Sin embargo, ese anhelo de soledad no se detuvo. "Volvió a surgir ese deseo de soledad en mí. A pesar de que estaba en el monasterio, de que estaba en mi salsa, descubrí que seguía un anhelo profundo de más soledad, de más retiro, de más pobreza, de más semejanza al Jesús del Evangelio. Este Jesús pobre, itinerante, que se apartaba en las noches a orar en soledad", añadió.

Compartió sus inquietudes con sus superiores, y la respuesta definitiva tardó diez años en llegar. Durante la mitad de su estancia en el monasterio, buscó cómo concretar su deseo de vivir en soledad como consagrada, una práctica conocida en la vida religiosa como la vida de ermitaños o de reclusión, poco común en la Iglesia católica occidental.

"Lo mío era algo muy raro desde la perspectiva de una mujer, sobre todo chilena, chilota, que quería ser ermitaña. Me tomó 10 años que este discernimiento diera su fruto. Perseveré e hice todo lo que mis directores espirituales me orientaron a hacer: orar, esperar, estudiar", relató.

Finalmente, obtuvo el permiso para seguir este camino. Fue enviada a una parcela en San Manuel, Melipilla, donde se facilitaban cabañas para retiros espirituales. "Y esa fue mi primera ermita. Fue mi cielo, mi dicha, mi plenitud", confesó, destacando que este periodo coincidió con la pandemia.

En ese entonces, Alejandra se consideraba la única ermitaña monja consagrada católica en Chile. "Yo no lo sabía, tampoco era mi pretensión ser la única, pero era la única", comentó. A pesar de sentirse dichosa, a menudo se veía como un "bicho raro". No obstante, pronto descubriría que había otra persona con una experiencia similar que estaba por entrar en su vida.