ANÁLISIS EDITORIAL
Mujeres en el crimen organizado: entre víctimas, parejas y “narco reinas”
Los estereotipos sobre las mujeres en el crimen organizado, que las encasillan como víctimas, parejas de delincuentes o “narco reinas”, son cuestionados por especialistas. Estos enfoques mediáticos podrían ocultar las funciones, responsabilidades y el verdadero poder que ejercen dentro de estas estructuras criminales.
Un ejemplo reciente es la detención de la “Vieja María” en Osorno el 15 de mayo de 2026, tras dos años prófuga. Se la sindicaba como la líder de un clan dedicado al narcotráfico en Rahue Bajo, investigación que en 2024 ya había desarticulado a ocho integrantes de su organización.
En contraste, en Biobío, una mujer fue condenada a 13 años de cárcel por tráfico de drogas y lavado de activos. Sin embargo, su identidad pública se limitaba a ser “la pareja del Patrón de Penco”, destacándose más su vínculo afectivo que su rol operativo en la estructura criminal.
Estos casos, aunque distintos, revelan la persistencia de una pregunta fundamental y a menudo ignorada: más allá de su identidad o vínculos, ¿qué tareas y responsabilidades asumen realmente las mujeres en el crimen organizado?
El crimen organizado, al igual que otras estructuras sociales, reproduce jerarquías de género. Aunque las mujeres pueden manejar recursos, transportar drogas, lavar dinero, controlar territorios e incluso dirigir organizaciones, frecuentemente su poder es minimizado o invisibilizado, asociándolas a roles masculinos dominantes.
La forma en que los medios de comunicación presentan a estas mujeres también es crucial. Pueden ser categorizadas como madres, transportistas, víctimas o, en el extremo opuesto, como “reinas” o “madrinas”, cuando se les atribuye un poder excepcional.
“Durante demasiado tiempo las hemos mirado en los extremos: como víctimas sin poder o como mujeres cuyo poder resulta tan excepcional que necesitamos coronarlas. Entre ambas imágenes queda fuera una realidad mucho más amplia y compleja. Tal vez el desafío sea dejar de buscar víctimas y reinas y empezar a mirar qué hacen, qué poder tienen y qué lugar ocupan realmente dentro de la organización criminal.”
Históricamente, el crimen organizado ha sido retratado como un ámbito predominantemente masculino, donde las mujeres ocupaban roles secundarios. Muchas veces, su ingreso a estas economías ilícitas se da en contextos de precariedad económica, responsabilidades de cuidado o coerción.
Sin embargo, reducir su participación a la victimización niega su capacidad de acción, y a la vez, reconocer su responsabilidad penal no excluye las condiciones de desigualdad que pudieron influir en sus trayectorias.
Organizaciones como la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa y la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito advierten sobre el riesgo de subestimar la responsabilidad de algunas mujeres o ignorar la vulnerabilidad de otras al mantener estereotipos.
Otro estereotipo notable es el de la “narco reina”, popularizado por ficciones como “La Reina del Sur”. Esta imagen de mujeres poderosas y sofisticadas dista de la realidad, donde la participación femenina suele estar marcada por la subordinación, dependencia económica y la violencia. Incluso con participación activa, pocas veces tienen poder real de decisión sobre la estructura o su propio destino.