Lo que dice la Biblia y lo que nos dicen los sistemas colectivistas de gobierno

viernes 23 de diciembre de 2016

 

El apóstol Pablo dijo a los Efesios, El que hurtaba, no hurte más, sino trabaje, haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad” (Ef. 4:28).

Según podemos leer, el apóstol Pablo identificó a tres clases de personas en el anterior pasaje de la Escritura: 1) el ladrón, que satisface su necesidad con la propiedad de otros. 2) El trabajador, que honrosamente satisface su necesidad a través de su propio trabajo. 3) El necesitado, que legítimamente requiere de la asistencia de otros para subsistir, cuya condición lo autoriza a buscar sustento de los demás.

Ciertamente, alguno podría llegar a ser un “necesitado” por su propia pereza o necedad. A pesar de ello, Pablo dijo a los tesalonicenses que si uno no está dispuesto a trabajar, entonces que no coma (2 Tes. 3:10). Por lo tanto, y a diferencia del perezoso, la persona necesitada de Efesios 4:28 obviamente es digna de recibir ayuda de otros.

 

1. Tipos de robo:

         Cuando pensamos en “un ladrón”, por lo general pensamos en alguien que irrumpe en nuestra casa y roba artículos que puede utilizar o vender.  Sin embargo, un ladrón podría ser un astuto “gato” que irrumpe en nuestra propiedad de forma no violenta y que no representa una amenaza física inmediata.

La Biblia dice No se desprecia al ladrón si roba para saciarse cuando tiene hambre” (Prov. 6:30, LBLA). Este pasaje no justifica el robo, aunque muestra que algunos ladrones son diferentes a los demás y que la reacción pública no es tan severa con todo tipo robo. Aquí se representa una circunstancia atenuante que podría ser considerada en un juicio frente a la administración de algún castigo.  El ladrón de Proverbios 6:30 es muy diferente de un tumulto invasor que no tiene respeto por la vida humana y daña a sus víctimas en el acto del robo. Así, pues, la palabra “ladrón” puede sugerir un ladrón común, pero debiéramos fijarnos en el robo institucionalizado.

El octavo mandamiento mosaico fue No hurtarás” (Ex. 20:15) y la ley de Cristo afirma lo mismo sobre la propiedad privada no hurtarás” (Rom. 13:9), lo cual presupone el derecho a la propiedad personal (si no fuera así, no existiría el concepto de “robo”). Esta misma observación se repite en las palabras del apóstol Pablo en Efesios 4:28. Debemos trabajar en lo que es lícito y bueno para compartir con los que padezcan necesidad. Así, el trabajador posee los frutos de su labor personal que luego puede utilizar para sí mismo y para ayudar a otros.

El robo es malo porque menosprecia la propiedad privada. Una propiedad es legítimamente de alguien, ya sea por donación o como fruto de su propia labor.  Sin embargo, el ladrón actúa como si él tuviese derecho sobre la posesión ajena.

En los sistemas colectivistas, como son el socialismo y el comunismo, el derecho divino de la propiedad privada es rechazado. Todos los medios de producción y el producto mismo, son controlados por la colectividad, y la economía está centralizada hacia los líderes de la sociedad. El Estado confisca toda la riqueza personal y la redistribuye según lo juzgue adecuado.

Es fácil, para el buen estudiante de la Biblia, el ver que los sistemas comunistas y socialistas están basados en el robo institucionalizado. Tales sistemas están en contra de Dios y de su modelo divinamente revelado para una economía sana.  Ahora bien, el idealista puede argumentar que éste no es necesariamente el caso y que una economía socialista podría estar formada por el mutuo acuerdo de los miembros de la sociedad. Sin embargo, como se explicó antes, la historia, la lógica y la experiencia, prueban que tal cosa es imposible (al menos por un periodo sostenido de tiempo), pues siempre, luego de la transición, los controladores sociales conducen a la colectividad a una economía planificada y despiadada.

Samuel Joseph Wurzelbacher, el fontanero Joe, se convirtió en una celebridad en el año 2008 cuando puso en aprietos al entonces candidato Barack Obama con una pregunta sobre los impuestos. La vida de Wurzelbacher cambió una tarde de octubre, cuando jugaba al fútbol con su hijo en el jardín de su casa y se enteró de que el senador Obama visitaba su barrio. Se acercó a verle, por la curiosidad, y acabó enfrentándose al candidato porque, según las propuestas de Obama, él tendría que pagar más impuestos si fundaba una empresa de fontanería, y por lo tanto, el fontanero Joe razonó bien al darse cuenta de que no le convenía progresar pues sería “castigado” con impuestos. Ciertamente, Barack Obama había declarado que era “bueno tomar dinero de un grupo de personas y dárselo a otro”.

Si una entidad (por lo general un Gobierno) confisca la riqueza de un grupo de personas y la distribuye a otro, obviamente su objetivo es lograr la paridad. En términos socialistas a tal cosa se le dice “justicia social”. Como siempre, lo pecaminoso se oculta detrás de una hermosa etiqueta que no representa la realidad.  Si bien ésta es una medida “social”, para nada es una medida “justa”. Es una tiranía el robar dinero de unas personas para distribuirlo a otras. Como Walter E. Williams explicó muy bien, “se le acusa de robo si se toma por la fuerza el dinero de una persona, incluso si su intención es para dar el dinero robado a otra persona menos afortunada. Sin embargo, ¡los gobiernos hacen esto todo el tiempo! Toman el dinero de una persona y se lo dan a otras personas”.

 

2. El valor del trabajo:

         Como se desprende de los pasajes bíblicos anteriores, es la voluntad de Dios para los hombres el trabajar para mantenerse a sí mismos y ayudar con esto a los demás: “porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo” (1 Tim. 5:8).

         La anterior cita bíblica es una declaración interesante en vista de las consecuencias eternas de la incredulidad (Mar. 16:16; 2 Tes. 2:12).  La incredulidad condenará al hombre. El punto de Pablo es obvio, la negativa a apoyar a la propia familia es peor que la incredulidad. No importa si hablamos de un llamado cristiano o no.  La negativa a proveer para la propia familia, hace del hombre uno que es “peor que un incrédulo”.

         Antes, citando Efesios 4:28, vimos que el trabajo permite atender a las propias necesidades y las de otros. Pablo mismo fue un ejemplo elocuente de esto, Antes vosotros sabéis que para lo que me ha sido necesario a mí y a los que están conmigo, estas manos me han servido” (Hech. 20:34). Porque os acordáis, hermanos, de nuestro trabajo y fatiga; cómo trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el evangelio de Dios” (1 Tes. 2:9).

¡Qué contraste más increíble frente a tantas personas del mundo! Téngase en cuenta que no sólo Pablo y sus compañeros trabajaron duro y largas horas. Considere la parábola del patrón y los trabajadores de la viña (Mat. 20:1-16). Sabemos que la típica jornada de trabajo duraba 12 horas diarias (Mat. 20:8-14, 11+1=12). También sabemos que el judío trabajaba durante 6 días (Ex. 20:9). Entonces, podemos reconocer que el judío trabajaba 12 horas durante seis días, 72 horas semanales.

Mucha gente se queja de sus largas jornadas de trabajo semanal, pero sus actividades ni se acercan a las funciones de los trabajadores descritos anteriormente. Esto plantea la pregunta: ¿Quién inventó el concepto de horarios tan limitados de trabajo en los distintos países “desarrollados” del mundo? Ciertamente, tal idea no es bíblica. Por desgracia, muchos jóvenes han sido literalmente sometidos a un lavado de cerebro por una economía que evita el trabajar, y procura establecer más y más descanso. Algunos, simplemente, se niegan a trabajar bajo las condiciones presentes, como si tuviesen alguna exención divina para trabajar, mientras descansan y son premiados.  En Chile la ley requiere 45 horas de trabajo semanal. En Estados Unidos, la ley demanda 40 horas de trabajo semanal. En algunos países europeos se trabaja durante 35 horas semanales. En otros países, se trabaja menos que eso. Entonces, no es sorprendente que varios de estos países son económicamente inestables o están simplemente en bancarrota, a la vez que se enfrentan a disturbios sociales de ciudadanos descontentos. Lamentablemente, muchos se quejan y protestan, pero trabajan menos de la mitad de lo que rendía un judío bajo la economía mosaica. Los que se quejan de la riqueza judía, debieran considerar cual ha sido “la receta” en su ética de trabajo, antes de quejarse prejuiciosamente contra ellos.

La búsqueda de una mentalidad privilegiada y la pereza cultural no es una novedad en la historia de la humanidad. El apóstol Pablo citó a Epiménides, un profeta cretense, quien criticó (en el 600 A.C.) a su sociedad diciendo Los cretenses, siempre mentirosos, malas bestias, glotones ociosos” (Ti. 1:12). Luego de confirmar la exactitud de la declaración de Epiménides, el apóstol dijo Este testimonio es verdadero; por tanto, repréndelos duramente, para que sean sanos en la fe” (Ti. 1:13). La condición de Creta en el primer siglo, bien demuestra como la falta de responsabilidad personal puede arraigarse en la cultura por siglos. La dependencia de otros se convierte en un vicio generacional. Lamentablemente, cada nueva generación puede llegar a manifestar más dependencia y pereza que la generación anterior. La condición se perpetúa si hay un Gobierno y otras instituciones o personas que están dispuestos a subsidiar la flojera.  Es una pena que hoy  existan tantas consideraciones de etnia y raza, tratadas como tabú, que hacen imposible criticar la cultura del bienestar-hedonismo. Esto hace que la condición social sea prácticamente imposible de cambiar.

 

3. Los frutos del trabajo personal:

Adán disfrutaría la producción de su propio sustento con “dolor” y “sudor” (Gen. 3:17-19). Pablo, sus compañeros, y los trabajadores de la viña trabajaron largas horas de duro trabajo para alcanzar la dulce satisfacción de gozar de los frutos del propio trabajo, listos para utilizar, compartir y disfrutar.

A pesar de la advertencia contra la fatiga inútil por adquirir lo material como un fin en sí, Salomón enseñó que uno debe tomar alegría y placer en su trabajo duro: No hay cosa mejor para el hombre sino que coma y beba, y que su alma se alegre en su trabajo. También he visto que esto es de la mano de Dios”.  “…es don de Dios que todo hombre coma y beba, y goce el bien de toda su labor”.   “Así, pues, he visto que no hay cosa mejor para el hombre que alegrarse en su trabajo, porque esta es su parte; porque ¿quién lo llevará para que vea lo que ha de ser después de él?” (Ecles. 2:24; 3:13, 22).  Entonces, Salomón dijo que los frutos del trabajo son un regalo “de la mano de Dios”. Sin embargo, el socialismo priva al hombre de éste regalo del Altísimo para dispersarlo entre otros hombres que no trabajaron para conseguirlo. Como ya dijimos antes, esto constituye un robo institucionalizado.

Delante de Dios, y según vemos en el registro sagrado, la producción (ganancia) lograda por el trabajo responsable del hombre, llega a ser del individuo que trabajó en ello.  Esto queda bien demostrado en el caso de Ananías y Safira (Hech. 5:1-11). Este matrimonio vendió una propiedad y dio parte de las ganancias al tesoro de la iglesia (Hech. 5:1-2). Para tragedia de ellos, mintieron diciendo que las ganancias ofrendadas eran el total de ganancias conseguidas con la venta, cuando en realidad era sólo una parte. Ellos no cometían ningún pecado al dar sólo una parte, como tampoco pecaron al poseer y vender una propiedad. Su pecado fue el de la mentira. Ellos mintieron acerca del porcentaje de dinero que habían ofrendado. El apóstol Pedro dijo a Ananías, Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios” (Hech. 5:4).

El caso de Ananías y Safira dejó bien claro como Dios condena la mentira y el engaño. Pero, la lección que se enseñan también es que los seres humanos tienen el derecho concedido por Dios de poseer y controlar sus propiedades. No obstante, el colectivismo adoctrina que todos los bienes, medios de producción, el producto y el ingreso serán propiedad de la colectividad. Así, pues, el control individual de la propiedad privada y los derechos civiles son entregados en las manos de los líderes de la colectividad.

Ni el socialismo, ni el comunismo se ajustan al modelo divino de los derechos individuales y las responsabilidades individuales. El socialismo genera irresponsabilidad, mata la sana ambición y la productividad.

 

4. Ayudar a los necesitados:

En los modelos de economía colectivista, los directores de la colectividad deciden cómo se gasta el dinero.  El lema de Karl Marx fue “para cada uno según su necesidad, y de cada uno según su capacidad”. Esto siempre suena muy bien, en teoría, pero para que sea implementado para un grupo de personas deben ser determinadas las clases (“capacidad” versus “necesidad”) y decidir los parámetros de redistribución. Actualmente, en los Estados Unidos, por ejemplo, una familia se considera empobrecida si tiene un ingreso anual de 23.000 dólares o menos. Sin embargo, millones de “pobres” en los Estados Unidos tienen una vivienda adecuada, nunca pasan hambre, poseen por lo menos un automóvil y un televisor de pantalla plana conectado a cable o satélite. Algo similar ocurre en Chile con miles de ciudadanos “protegidos” por el Gobierno pero que no son “necesitados” en realidad. Obviamente, el concepto de “pobreza” es algo muy relativo.

Bajo las políticas del socialismo democrático, los “pobres” serán subsidiados con el fruto del trabajo de los demás. Como ya dijimos, el colectivismo toma la ganancia de una clase para darla a otra. Esto se logra a través de un código de impuestos progresivo, pero que favorece a unos en desmedro de otros. En los Estados Unidos, la inmensa mayoría de los contribuyentes paga impuestos bajos en comparación a la minoría más rica. Políticas semejantes están siendo adoptadas en varios otros países del mundo.

Entonces, a través de los impuestos onerosos, el Gobierno redistribuye el dinero, de la clase más rica a la clase más pobre, a través de una variedad de programas de asistencia social donde el dinero fluye entre múltiples capas de burocracia, un sifón de miles de millones de dólares de impuestos que se obtienen de los productores para los no productores.

Bajo el modelo bíblico de una economía sana, el individuo decide cuánto dinero va a dar, a quien lo dará y cuándo lo hará. Esto nos trae de vuelta al principio del libre albedrío. Ya hemos aprendido que, en el plan de Dios, el hombre debe trabajar haciendo con sus manos lo que es bueno, para que tenga qué compartir con el que padece necesidad” (Ef. 4:28). Así es cómo se puede cumplir con el mandamiento del Señor, quien dijo Al que te pida, dale” (Mat. 5:42). El buen samaritano ayudo de su propio bolsillo a la víctima de un cobarde ataque, y dijo al mesonero (posadero) Cuídamele; y todo lo que gastes de más, yo te lo pagaré cuando regrese” (Luc. 10:35). Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gal. 6:10).

En cuanto a la colecta dominical, el individuo cristiano es llamado a dar de forma regular (“Cada primer día de la semana”, 1 Cor. 16:2), de manera personal (“cada uno de vosotros”, 1 Cor. 16:2), y de forma proporcional a los ingresos percibidos por como fruto del trabajo (“según haya prosperado”, 1 Cor. 16:2).  Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre” (2 Cor. 9:7). En contraste, el acto de “dar” del colectivismo viola el principio de la libre voluntad de dar según se enseña en las sagradas Escrituras.