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Más de 1 millón: por qué los adultos chilenos no dejan la casa paterna

Más de 1 millón de adultos chilenos postergan su independencia habitacional. Descubre los factores económicos y sociales que mantienen este vínculo familiar activo...
jueves 07 de mayo de 2026

La realidad habitacional en el país ha dado un giro significativo en la última década. Actualmente, más de 1 millón de adultos mayores de 30 años viven con sus padres en Chile, una tendencia que se consolidó tras la pandemia y que responde a una compleja mezcla de factores financieros y transformaciones culturales. Así lo confirmó un análisis del Centro de Encuestas y Estudios Longitudinales de la Universidad Católica, donde se detalla que esta convivencia no es solo transitoria, sino una estructura que prevalece en diversos estratos.

De acuerdo al documento, en el año 2022 el 9,2% de las personas que superan los 30 años residían en el hogar de sus progenitores. El estudio, difundido inicialmente por La Tercera, también pone el foco en los segmentos más jóvenes: 792 mil personas de entre 25 y 30 años (equivalente al 40,9% de ese grupo etario) permanecen bajo el mismo techo que sus padres, postergando la salida de la casa de origen.

Por su parte, una investigación de la Universidad de los Andes aplicada en diversas comunas reveló que el 37,2% de la población considera que no existe una edad límite para independizarse. Esta percepción es más acentuada en las mujeres, alcanzando un 41,2%. En contraste, las opiniones sobre el momento ideal para partir son variadas: un 30,7% cree que debería ocurrir entre los 25 y 29 años, mientras que un 24,1% sitúa este paso antes de los 24.

La psicóloga y docente de ADIPA, María José Jeldres, explica que este fenómeno no responde a una sola causa:

“Hay un factor económico evidente, pero también cambios sociales importantes: estudios más largos, inserción laboral más inestable y una adultez que hoy se vive de formas más diversas, con tiempos y metas distintos a los de antes”

Aunque la mayoría de los casos se concentra entre los 30 y 40 años, la tendencia abarca a adultos de mayor edad y es particularmente común en mujeres, muchas veces ligada a labores de cuidado. No obstante, en gran parte de los hogares se ha instalado una lógica de apoyo mutuo, especialmente cuando los padres son adultos mayores o enfrentan vulnerabilidades. “En varios casos no se trata de dependencia, sino de asumir responsabilidades, como apoyar o cuidar, dentro de una dinámica de sostén mutuo”, aclara la especialista.

Desde el prisma psicológico, las consecuencias de esta convivencia prolongada son ambivalentes. Para algunos representa alivio y contención; para otros, se traduce en una sensación de estancamiento o fracaso personal, sobre todo si se repiten dinámicas infantiles que limitan la autonomía.

“Esto se suele manifestar en comparaciones con otros, mayor autocrítica, exigirse más de la cuenta y cierta dificultad para sostener decisiones propias”

A pesar de las posibles frustraciones, la docente recalca que convivir puede fortalecer los vínculos afectivos y ofrecer una red de contención emocional sólida, siempre que se resguarden los espacios individuales. El desafío crítico hoy recae en la convivencia diaria y en la redefinición de roles, transitando desde la jerarquía tradicional de padres e hijos hacia una relación colaborativa y horizontal que evite las tensiones territoriales en el hogar.