La audaz quimera de Coquimbo

"Puerto Blanco del Pacífico": la idea que retomará Manouchehri

La propuesta revive un ambicioso proyecto urbanístico concebido hace casi tres décadas, cuando la municipalidad soñó con transformar los cerros porteños inspirándose en los pueblos blancos del Mediterráneo. Documentos de la época, un viaje de dirigentes vecinales a Europa y un plan que nunca llegó a concretarse vuelven hoy a instalar el debate sobre cuál debe ser el sello arquitectónico de la comuna.
Recreación generada con inteligencia artificial que muestra cómo podría lucir Coquimbo si los cerros fueran intervenidos con fachadas blancas, inspiradas en la propuesta de los tradicionales pueblos blancos del Mediterráneo. (Foto: IA)
Recreación generada con inteligencia artificial que muestra cómo podría lucir Coquimbo si los cerros fueran intervenidos con fachadas blancas, inspiradas en la propuesta de los tradicionales pueblos blancos del Mediterráneo. (Foto: IA)
sábado 11 de julio de 2026

Reportajes Diario El Día / Coquimbo

Hay ideas que parecen adelantarse a su tiempo. Permanecen archivadas durante años hasta que, de pronto, alguien vuelve a ponerlas sobre la mesa. En conversación exclusiva con Diario El Día, el alcalde de Coquimbo, Ali Manouchehri, anunció que retomará una propuesta que busca dotar a la comuna de una identidad arquitectónica única: convertirla en el "Puerto Blanco del Pacífico".

Más que una intervención estética, la iniciativa apunta a construir una imagen urbana capaz de diferenciar al puerto del resto del país y proyectarlo internacionalmente a partir de una de sus principales fortalezas: el anfiteatro natural que forman sus cerros frente al océano.

La idea no es nueva. Detrás de ella existe una historia que se remonta a casi tres décadas y que permanecía guardada entre archivos municipales, documentos antiguos y la memoria de quienes participaron en uno de los proyectos urbanísticos más ambiciosos que haya imaginado la comuna.

Porque mucho antes de que conceptos como marca ciudad, regeneración urbana o turismo de experiencias comenzaran a instalarse en Chile, el entonces alcalde Pedro Velásquez Seguel ya impulsó una iniciativa inspirada en los tradicionales pueblos blancos del Mediterráneo, convencido de que Coquimbo podía construir una identidad visual propia aprovechando la singular geografía de sus cerros.

Hoy, bajo un nuevo contexto urbano y político, aquella propuesta vuelve a cobrar fuerza, reabriendo una discusión que durante años permaneció olvidada: ¿está Coquimbo frente a la oportunidad de construir un sello arquitectónico capaz de convertirlo en un referente turístico del Pacífico?

Al respecto, el alcalde de la comuna porteña, Ali Manouchehri, afirma que

"es momento de retomar la idea que impulsó don Pedro Velásquez de transformar la Parte Alta de Coquimbo en un barrio de casas blancas, fortaleciendo nuestra identidad y potenciando el turismo. Con gestión y convenios con empresas podemos reducir costos e impulsar un plan de mejoramiento de techumbres y fachadas, porque Coquimbo tiene la historia y el potencial para hacer realidad este gran proyecto”.

En la misma línea, expresó que“no se trata solo de pintar casas, sino de recuperar un barrio, fortalecer nuestra identidad y convertir la Parte Alta en un orgullo para Coquimbo y Chile”.

Una idea que nació hace casi 30 años.

A mediados de la década de los noventa, Coquimbo atravesaba un profundo proceso de transformación. Mientras La Serena consolidaba su identidad urbana bajo el legado del Plan Serena y su arquitectura neocolonial, al otro lado de la bahía comenzaba a gestarse una propuesta que buscaba otorgarle al puerto un sello completamente distinto.

Fue durante la administración del entonces alcalde Pedro Velásquez Seguel cuando surgió la idea de aprovechar una de las principales fortalezas naturales de la comuna. Desde distintos puntos de la bahía, la Parte Alta, el cerro El Vigía y el casco histórico conforman un gran anfiteatro de viviendas que descienden hacia el mar, una geografía que el entonces jefe comunal se mostró comparable con la de diversos pueblos costeros del sur de España y de la Costa Azul francesa.

La propuesta comenzó a estructurarse entre 1998 y 1999 y planteaba unificar progresivamente las fachadas de los cerros mediante el uso del color blanco, complementando la intervención con la plantación de palmeras en los principales accesos y avenidas de la ciudad.

La inspiración provenía de la denominada Ruta de los Pueblos Blancos de Andalucía, donde localidades como Frigiliana, Vejer de la Frontera o Mijas habían transformado su arquitectura en uno de sus principales atractivos turísticos.

Más que pintar viviendas, el proyecto buscaba construir una imagen urbana reconocible que permitiera proyectar a Coquimbo como un destino con identidad propia. Aunque nunca llegó a concretarse, aquella iniciativa terminó convirtiéndose en uno de los proyectos más recordados de la gestión de Pedro Velásquez y en una idea que, periódicamente, vuelve a surgir cuando se debate sobre el futuro urbano del puerto.

La ruta que cruzó el Atlántico

Convencer a toda una ciudad de pintar sus viviendas de un mismo color no era una tarea sencilla. Pedro Velásquez lo entendía perfectamente. Por eso, a fines de los años noventa, decidió dar un paso tan inusual como audaz para la época: si los vecinos debían comprender la esencia del proyecto, primero tenían que conocerla con sus propios ojos.

Así nació la recordada "Ruta de los Pueblos Blancos", una iniciativa que llevó a una delegación de dirigentes sociales, vecinales, concejales y profesionales municipales hasta el sur de España y otros sectores del Mediterráneo para conocer de primera fuente cómo localidades de características geográficas similares habían convertido su arquitectura en uno de los principales motores de su desarrollo turístico.

Más que un viaje protocolar, la apuesta buscaba generar convicción.

La idea del entonces alcalde era que quienes recorrieran esos pueblos regresaran a Coquimbo convertidos en los principales promotores del proyecto dentro de sus propios barrios, comprendiendo que detrás de las fachadas blancas existía una estrategia de desarrollo urbano, identidad y turismo que había transformado completamente la economía de esas localidades.

Diversos documentos y publicaciones de Diario El Día de la época respaldan esa experiencia. Entre ellos figura el estudio "El poder de la seducción", elaborado por investigadores de la Universidad de Chile, donde se analiza el proceso impulsado por el municipio como una forma de involucrar a la comunidad en una propuesta de transformación urbana que, para esos años, resultaba inédita en Chile.

Entre los 16 dirigentes que viajaron el 2 de octubre de 1999, estaba Olga Valencia Castillo, entonces presidenta de la Junta de Vecinos Luis Ayala, quien más de dos décadas después aún recuerda esa experiencia como uno de los momentos más significativos de su labor dirigencial.

"Feliz, muy feliz, porque jamás pensé tener un viaje a Europa. Nunca había viajado tan lejos y para mí fue maravilloso", rememora. Durante 10 días, la delegación recorrió distintas localidades españolas, entre ellas Valencia, además de sostener reuniones con autoridades municipales y dirigentes comunitarios. El objetivo era conocer cómo una intervención urbana, basada en la uniformidad de las fachadas, había fortalecido la identidad de esos lugares y mejorado su imagen.

La exdirigenta asegura que aquella experiencia reforzó la convicción de que la iniciativa podía replicarse con éxito en Coquimbo. "Yo me quedé con que la parte alta debiera haber sido pintada de blanco. Habría sido maravilloso. El blanco le da una vida, algo bonito", afirma. Según recuerda, el proyecto alcanzó a dar sus primeros pasos e incluso algunas viviendas comenzaron a ser pintadas, pero con el tiempo perdió impulso y nunca llegó a concretarse en su totalidad.

A juicio de Valencia, la iniciativa no prosperó debido a la oposición de algunas autoridades de la época, pese a que, asegura, contaba con el respaldo de gran parte de los vecinos. "La mayoría de los vecinos estábamos de acuerdo", sostiene. Hoy, ya retirada del trabajo dirigencial, confiesa que aún le gustaría ver materializado aquel proyecto que buscaba convertir a la parte alta en un símbolo del puerto. "Sería maravilloso que algún día se retomara esa idea", concluye.

La impresión fue inmediata. Por primera vez muchos comprendieron que una ciudad podía construir su identidad no solo a través de grandes obras, sino también mediante la imagen que proyectaban sus propios barrios.

Una idea demasiado adelantada para su tiempo

Sin embargo, llevar ese modelo al puerto era mucho más complejo que admirarlo desde Europa. El proyecto requería recursos permanentes, acuerdos con cientos de propietarios, un trabajo comunitario de largo plazo y una política urbana capaz de mantenerse durante varias administraciones.

A ello se sumó que, durante esos años, el municipio concentró buena parte de sus esfuerzos en iniciativas de gran impacto que sí lograron materializarse y que terminarían marcando la identidad contemporánea de Coquimbo, como la Cruz del Tercer Milenio, el Centro Cultural Mezquita Mohammed VI y una serie de obras de recuperación urbana.

En ese escenario, la propuesta de las fachadas blancas fue perdiendo fuerza hasta quedar archivada. No obstante, nunca desapareció completamente.

Con el paso del tiempo se transformó en uno de los proyectos inconclusos más recordados de la administración de Pedro Velásquez y siguió reapareciendo cada vez que surgía la discusión sobre cuál debía ser el sello urbano de Coquimbo.

Visto con la perspectiva de casi tres décadas, la iniciativa incluso parece haber anticipado conceptos que hoy forman parte de las estrategias de desarrollo territorial en distintas ciudades del mundo: la construcción de una marca urbana, la recuperación patrimonial y la utilización de la arquitectura como motor de atracción turística.

En otras palabras, la idea nunca murió. Simplemente esperaba el momento en que la ciudad estuviera preparada para volver a discutirla.

Un proyecto para otro tiempo

Si a fines de los años noventa la propuesta parecía una apuesta difícil de concretar, hoy el escenario es completamente distinto.

Las ciudades ya no compiten únicamente por atraer inversiones o mejorar su infraestructura. También buscan construir una identidad capaz de diferenciarlas, fortalecer su patrimonio y transformarse en destinos reconocibles para quienes las visitan.

En ese contexto, la antigua propuesta adquiere una nueva dimensión. La experiencia internacional demuestra que proyectos urbanos de gran escala pueden desarrollarse mediante alianzas entre el sector público, la empresa privada y las propias comunidades. A ello se suman herramientas que hace treinta años prácticamente no existían, como programas de responsabilidad social empresarial, financiamiento patrimonial, mecenazgo urbano y modelos de regeneración de barrios.

Pero el concepto del Puerto Blanco del Pacífico no solo responde a una apuesta turística. Actualmente, el uso del color blanco en fachadas posee además un fundamento técnico asociado al denominado efecto albedo, principio ampliamente utilizado en arquitectura sustentable que permite reflejar una mayor cantidad de radiación solar, disminuir la absorción de calor y mejorar el confort térmico de las viviendas durante los meses de verano.

Así, una idea que nació inspirada en el Mediterráneo hoy encuentra también argumentos vinculados a la eficiencia energética y la adaptación al cambio climático.

El factor Manouchehri

Si la propuesta original nació como una visión impulsada por Pedro Velásquez hace casi tres décadas, el escenario político y urbano actual sitúa al alcalde Ali Manouchehri en una posición privilegiada para reabrir ese debate.

Su administración ha puesto el foco en la recuperación de espacios públicos, el ordenamiento del centro de la ciudad, la seguridad y la revitalización de barrios tradicionales, transformando esos ejes en parte importante de su gestión.

Bajo esa lógica, un proyecto de fachadas unificadas dejaría de ser un mero ejercicio estético para convertirse en una herramienta de regeneración urbana, fortalecimiento de la identidad comunal y recuperación del espacio público.

A diferencia de la década de los noventa, hoy la municipalidad podría asumir un rol articulador más que ejecutor, convocando a empresas privadas, instituciones públicas y organizaciones vecinales para impulsar un modelo de intervención basado en la colaboración y no exclusivamente en recursos municipales.

La posibilidad de avanzar mediante planos piloto en sectores patrimoniales, complementados con el soterramiento de cables, mejoramiento del mobiliario urbano y recuperación de fachadas, permitiría evaluar gradualmente el impacto de una iniciativa de estas características.

De concretarse, el proyecto no solo rescataría una de las propuestas urbanísticas más recordadas del último tiempo. También podría transformarse en uno de los principales legados arquitectónicos de la actual gestión encabezada por Ali Manouchehri, otorgándole a Coquimbo un sello urbano propio y fácilmente reconocible.

"Puerto Blanco del Pacífico": la idea que retomará Manouchehri
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