COLUMNA DE OPINIÓN
Columna: El “nunca más” es de todos los chilenos, sin dueños
La democracia no es solamente votar cada cuatro años. No vive únicamente en una urna, en una papeleta ni en una mayoría circunstancial. Vive en algo mucho más profundo: en nuestra capacidad de reconocernos, aun pensando distinto, como ciudadanos de una misma patria y merecedores de la misma dignidad.
Chile conoce el valor de la democracia. Lo conoce porque sabemos lo que significa poder hablar sin miedo, organizarnos sin temor, elegir a nuestros gobernantes y cambiar el rumbo de nuestro país con la fuerza de los votos y no con la fuerza de las armas.
Ese es quizás el mayor valor de la democracia: nos permite tener profundas diferencias sin dejar de reconocernos como compatriotas.
Recordar el pasado y el futuro
Por eso este 11 de septiembre no debe ser solamente una fecha para recordar el pasado. Debe ser también una oportunidad para preguntarnos qué país queremos entregar a quienes vienen después de nosotros. La memoria no puede servir para alimentar nuevos odios. Debe servir para impedir que repitamos antiguos errores.
Porque ninguna nación construye su futuro negando su historia. Pero tampoco lo construye permaneciendo eternamente prisionera de ella. Los pueblos avanzan cuando son capaces de recordar, aprender y transformar el dolor en una voluntad colectiva de no repetirlo. Y Chile debe ser capaz de hacerlo.
Debemos recordar que la democracia rara vez desaparece en un solo instante. Antes comienzan a deteriorarse las palabras. Se desprecia al que piensa distinto. Se transforma al adversario en enemigo. Se relativizan los derechos. Se comienza a justificar lo injustificable porque afecta a quienes no piensan como nosotros. La democracia que solamente protege a quienes piensan igual no es democracia.
Nuevas amenazas a la democracia
Hoy las amenazas pueden tener formas distintas. Ya no necesariamente se trata de tanques y bototos en las calles. Pueden avanzar detrás de una pantalla, mediante la mentira organizada, la manipulación, la intolerancia y discursos que ofrecen orden a cambio de derechos, seguridad a cambio de libertades o eficacia a cambio de democracia.
Debemos resistir esa tentación. Porque ninguna sociedad se hace verdaderamente más segura cuando comienza a tener miedo de la libertad. La democracia no se negocia. Se cuida, se fortalece y se defiende.
Se defiende respetando al adversario. Se defiende rechazando la violencia venga de donde venga. Se defiende protegiendo la libertad de expresión, la justicia, el Congreso, la prensa libre, las organizaciones sociales y cada institución que recuerde a quienes ejercemos el poder que nuestro poder siempre tiene límites.
Democracia y problemas sociales
Cuando una familia espera años por una vivienda; cuando una persona enferma espera una atención que no llega; cuando un trabajador pierde su empleo y no sabe cómo sostendrá a su familia; cuando un joven siente que, por mucho que estudie y trabaje, las puertas seguirán cerradas, no solamente existe un problema social. También existe un problema democrático.
Porque la democracia debe significar libertad, pero también esperanza. Esperanza de que nuestros hijos vivirán mejor. Esperanza de que el esfuerzo tendrá recompensa. Esperanza de que ninguna persona será invisible ante el Estado.
Por eso defender la democracia también significa hacerla funcionar.
Chile sufrió una fractura que atravesó familias y generaciones. No debemos permitir que esa historia sea utilizada para volver a dividirnos entre chilenos buenos y chilenos malos. Nuestro desafío es mucho mayor.
Es construir un país donde podamos mirarnos a los ojos, reconocer nuestras diferencias y decirnos: nunca más tendremos que destruirnos para decidir quién gobierna Chile.
El Nunca Más no puede tener dueño. No pertenece a la izquierda. No pertenece a la derecha. Pertenece a Chile.
Podemos discutir. Podemos enfrentarnos políticamente. Podemos defender nuestras convicciones con toda nuestra fuerza. Podemos ganar elecciones y podemos perderlas. Eso es la democracia.
Porque en democracia perder una elección no significa perder la patria. El adversario de hoy puede gobernar mañana. Y quien gobierna hoy deberá entregar el poder cuando así lo decida el pueblo. Esa sencilla certeza es una de las mayores conquistas de una sociedad civilizada.
Los gobiernos pasan. Los presidentes pasan. Los parlamentarios pasamos. Las mayorías cambian y las generaciones también. Chile permanece.
Y nuestra responsabilidad no consiste solamente en recordar el país que recibimos. Consiste en decidir qué país vamos a entregar.
Que sea un Chile donde nadie tenga miedo de pensar distinto. Donde ningún gobierno se crea dueño de la verdad. Donde ninguna mayoría crea tener derecho a aplastar a una minoría. Donde los derechos humanos jamás dependan del color político de quien los reclama.
Porque la democracia no es una herencia que recibimos para guardarla. Es una responsabilidad que recibimos para entregarla.
Y cuando llegue el día en que otra generación ocupe nuestro lugar, ojalá pueda decir que, aun en nuestros momentos de mayor diferencia, tuvimos la sabiduría de comprender algo fundamental: Ninguna victoria política vale la división permanente de un pueblo, que ninguna idea vale más que la dignidad de una persona y que ninguna patria puede llamarse verdaderamente libre si para defenderla tiene que renunciar a la democracia.
Ese debe ser nuestro compromiso este 11 de septiembre. No olvidar. No odiar. No repetir. Y seguir construyendo juntos Chile.