El campo bajo presión

Del déficit hídrico a los temporales: el clima extremo pone a prueba la producción agrícola

Tras más de 15 años de escasez hídrica, las lluvias intensas recargan reservas, pero también dañan cultivos y obras de riego. En este contexto, distintos actores de la academia, del mundo público y privado coinciden en que más agua no significa, necesariamente, mejores cosechas.
Expertos coinciden que la región ya no puede planificar pensando solo en la sequía o solo en la lluvia, sino que se debe buscar la adaptación.
Expertos coinciden que la región ya no puede planificar pensando solo en la sequía o solo en la lluvia, sino que se debe buscar la adaptación.
viernes 23 de octubre de 2026

Durante más de una década y media, la pregunta de los agricultores de la Región de Coquimbo fue una sola: cuánta agua quedaba. Hoy, con lluvias intensas que han vuelto a llenar parte de las reservas, la pregunta se complejizó: cómo producir en un territorio que pasa de un extremo al otro sin aviso.

En este contexto, el seremi de Agricultura, Vicente Cortés, lo resume con claridad. “En la Región de Coquimbo llevamos más de 15 años enfrentando escasez hídrica y hoy también debemos prepararnos para eventos de precipitaciones intensas que, si bien permiten recuperar reservas de agua, pueden generar daños en los cultivos y en infraestructura de riego”, afirma.

Para la autoridad, el escenario deja una lección incómoda: “contar con más agua no significa necesariamente tener mejores cosechas”. Los temporales, advierte, golpean sobre todo a quienes tienen menos espaldas para absorber el impacto, en especial la Agricultura Familiar Campesina.

El efecto no es solo estructural. La académica del Centro de Estudios Territoriales de la Universidad de los Andes, Cynnamon Dobbs, explica que el exceso de lluvia afecta directamente la calidad de lo que se cosecha. “Las lluvias excesivas pueden afectar la calidad de los productos agrícolas, provocando la pérdida de flores, manchas en las frutas y daños en las hojas de algunas hortalizas, como las lechugas”, detalla.

Esos defectos tienen consecuencias comerciales. Según la especialista, dificultan la comercialización y la exportación, porque los productos llegan con fallas que reducen su valor. “Si bien contar con más agua suele ser beneficioso para los cultivos, su exceso también puede generar consecuencias negativas”, agrega.

Un problema que no está resuelto

Desde el gremio, la presidenta de la Sociedad Agrícola del Norte (SAN A.G.), María Inés Figari, pide cautela frente a la sensación de alivio. Precisa que la situación actual responde, en gran medida, al fenómeno de El Niño más que exclusivamente al cambio climático, pero advierte que ello no cambia el fondo del problema.

“No podemos pensar que esta bonanza significa que el problema del agua está resuelto. Hoy tenemos disponibilidad hídrica, pero mañana podemos volver a enfrentar una sequía”, sostiene. A su juicio, El Niño también trae dificultades y eventos extremos “que nos obligan a adaptarnos y cambiar la forma en que trabajamos y producimos”.

Figari describe un efecto en cadena sobre la producción. Las lluvias intensas y los temporales pueden dañar cultivos, erosionar suelos y afectar canales e infraestructura de riego, mientras que los períodos de sequía reducen las reservas disponibles. A ello se suman las variaciones de temperatura, que inciden en la floración, el crecimiento y la calidad de frutas y hortalizas. El resultado, dice, es mayor incertidumbre y mayores costos de producción.

Respuesta en terreno

Frente a este panorama, el Ministerio de Agricultura asegura estar trabajando en medidas para fortalecer la seguridad hídrica, recuperar la capacidad productiva y acompañar a los productores. En ese sentido, el seremi Cortés detalla que, a través de INDAP, hay instrumentos como los programas de Riego y Drenaje Intrapredial, Obras Menores de Riego y Riego Asociativo, orientados a financiar inversiones que mejoren la eficiencia en el uso del agua.

A eso se suma la evaluación de daños en terreno, la asistencia técnica y la focalización de apoyos para rehabilitar sistemas de riego y retomar las actividades productivas, con énfasis en la Agricultura Familiar Campesina. El seremi agrega que este trabajo debe complementarse con investigación y recomendaciones técnicas del INIA, “para anticiparnos a los riesgos y tomar mejores decisiones”.

Desde el sector privado, la SAN A.G. busca que la voz de los productores llegue a la política pública. Figari explica que el gremio participa en las gobernanzas de programas como Transforma Hídrico, PTI Hortícola y PER Frutícola, además de otras instancias de coordinación público-privada. Desde ahí, dice, impulsan iniciativas que fortalezcan la seguridad hídrica, la innovación, la adaptación de los cultivos y la infraestructura de riego.

Prepararse para ambos extremos

Las tres voces coinciden en el diagnóstico de fondo: la región ya no puede planificar pensando solo en la sequía, ni solo en la lluvia. Se trata de producir en un clima cada vez más variable, donde un año seco puede ser seguido por un temporal, y viceversa.

“Nuestro compromiso es avanzar hacia una agricultura más resiliente, que utilice eficientemente el agua, proteja sus suelos y esté mejor preparada para enfrentar tanto los períodos de sequía como las lluvias intensas”, plantea Cortés.

Para Figari, finalmente, el desafío es el mismo y apunta a una meta mayor: una gestión hídrica responsable y una agricultura con capacidad de adaptación, que permita mantener la seguridad alimentaria de Chile.